sábado, 21 de marzo de 2020

El Renacimiento

  El Renacimiento (volver a nacer) fue un movimiento filosófico, económico, religioso, político, artístico y cultural que tuvo sus orígenes en Florencia, Italia y después se expandió por toda Europa, buscando su fuente de inspiración o justificación en la Antigüedad grecorromana. 

  ¿Por qué el fenómeno del Renacimiento se dio en Italia? Porque hasta ese momento Florencia, Bologna, Verona, Venecia, Nápoles, Sicilia y otras ciudades italianas se habían enriquecido con el comercio de Europa con Asia, produciendo una nueva clase social: la Burguesía, comerciantes ricos que compraban tierras a los señores feudales desplazándolos del poder político, social y económico que habían tenido hasta entonces. Florencia se transformó en la capital del préstamo de dinero en efectivo. Quienes más se enriquecieron en Italia fueron los banqueros, pero en Florencia la familia de banqueros, los Médici apostaron a las artes y ciencias transformándose en mecenas de las principales figuras de la época entre ellas Leonardo Da Vinci. 

 Hasta el descubrimiento de América el mar Mediterráneo era el eje del comercio mundial, pero después el océano Atlántico desplazó en importancia al mar Mediterráneo e Italia perdió la hegemonía siendo desplazada por España, Portugal e Inglaterra

 

La sociedad europea

 La sociedad europea no era de ningún modo igualitaria. Las diferencias entre los grupos de personas tenían que ver con su nacimiento, ya que los hijos heredaban la condición y hasta el trabajo de sus padres. Así, encontramos a los nobles que basaban su prestigio en un título de nobleza y eran los dueños de grandes extensiones de tierra. La nobleza mantenía relaciones con los reyes gobernantes, ya que estos eran nobles solían casarse dentro del mismo grupo para conservar la riqueza y los títulos.
  
Clases sociales




Los nobles eran dueños de las tierras pero no trabajaban sino que lo hacían los campesinos quienes vivían en aldeas. Había campesinos pequeños propietarios de tierras, otros que eran jornaleros y trabajaban para los nobles y aún quedaban siervos, es decir, campesino que eran considerados semilibres ya que no podían abandonar la tierra de su señor.


Otro grupo poderoso era el clero, formado por los miembros de la Iglesia, aunque era muy heterogéneo, ya que pertenecían al clero desde el Papa y los obispos hasta los monjes o los curas de parroquias rurales. La mayoría de la población europea era cristiana, por lo tanto el clero ejercía mucha influencia en las costumbres y en la cultura.


Sin embargo, en algunas zonas de Europa los burgueses eran quizás más ricos que muchos nobles, por ejemplo, en las ciudades italianas. Los burgueses vivían en ciudades: eran grandes comerciantes y prestamistas, artesanos con su propio negocio, aunque también había pequeños comerciantes y trabajadores asalariados.


Así las diferencias entre la población europea se establecían de acuerdo a su nacimiento. Entre los nobles el título de nobleza era heredado por el hijo mayor; las hijas podían casarse con nobles, los otros hijos varones debían dedicarse a la Iglesia – accedían aun importante cargo – o al ejército. Similar situación encontramos en la burguesía – el hijo del comerciante heredaba el negocio de su padre, el del artesano aprendía desde niño el oficio, las hijas se casaban con otros burgueses –.


La realidad de los campesinos era parecida tanto para los campesinos libres como para los siervos, que heredaban la condición de sus padres. Significa que no había casi posibilidades de cambiar de condición social. Quizás las únicas excepciones eran aquellos hijos de burgueses muy ricos que se casaban con miembros de la nobleza ya empobrecidos.

Podemos relacionar a los grupos sociales de esta manera: la nobleza y el clero tenían privilegios frente al resto de la población; por ejemplo, no pagaban impuestos y podían cobrarlos. La nobleza terrateniente cobraba algunos derechos a los campesinos que trabajaban en su tierra y el clero cobraba el diezmo. Por el contrario, la burguesía y el campesinado pagaban todos los impuestos: al Estado, a la Iglesia y a los nobles dueños de las tierras.



 Inicios de la acumulación capitalista



Si bien la agricultura era la actividad económica que tradicionalmente proporcionaba las mayores riquezas a la nobleza, el desarrollo del comercio había permitido a los burgueses de las ciudades italianas – Florencia, Venecia -, o de Ámsterdam, acumular grandes riquezas. Invertían sus ganancias en nuevas empresas comerciales y algunos se dedicaban al préstamo de dinero a interés. De esta manera comenzó a desarrollarse un sistema económico basado en la acumulación e inversión de capitales. Eran los inicios del Capitalismo.


Los burgueses, a pesar de su riqueza, se diferenciaban de los nobles por su mentalidad capitalista.


A fines del siglo XV, el comercio con el Lejano Oriente proporcionaba grandes ganancias a los comerciantes de Venecia, Florencia o Génova. Las especias – usadas para la conservación de las carnes –, las sedas y los tapices enriquecían la mesa y los palacios de la nobleza, del clero y la pujante burguesía.


Además de los negocios de carácter económico, en las ciudades italianas, los burgueses más ricos, algunos nobles y miembros del clero emprendían otras actividades comunes. En las cortes y los salones decorados con pinturas y esculturas inspiradas en modelos greco – romanos se reunían a leer textos antiguos, escuchar música y bailar. 

Actividad:

  1. ¿Qué se entiende por Renacimiento?
  2. Identifique las clases sociales que se mencionan.
  3. ¿Qué diferencias y semejanzas hay entre ellas?

viernes, 5 de abril de 2019

La Revolución Rusa – Primer Acto




 


Introducción

Salvo por unos meses en 1871, durante la llamada Comuna de París, nunca antes se había producido la toma del poder por las clases trabajadoras en ningún país con el objetivo explícito de terminar con el régimen capitalista y construir una sociedad socialista, concebida como primer paso hacia el comunismo.
Es decir, un proyecto social donde la mayoría explotada terminara con las desigualdades sociales, económicas y hasta políticas emergidas del capitalismo y asegurara efectivamente la igualdad a los seres humanos. Esta primera revolución socialista de octubre de 1917 se produjo en una de las naciones más atrasadas dentro de las grandes potencias. Este proceso va a ser uno de los factores de más influencia en la historia del siglo XX a nivel planetario.

El ámbito rural
La vieja Rusia zarista estaba atravesada por contradicciones crecientes que debilitaban al régimen autocrático sostenido por la nobleza terrateniente y los grandes capitalistas.
En el campo persistían relaciones sociales muy parecidas al feudalismo medieval. A pesar de haberse decretado la liberación de los siervos en 1861, los campesinos seguían bajo el dominio de los terratenientes. Estos, que representaban 28.000 personas eran dueños de 62 millones de desiatinas de tierra (90.320.000 hectáreas), es decir 3225 hectáreas por cada una en promedio, mientras que a 10 millones de haciendas campesinas les correspondían solamente 73 millones de desiatinas (106.300.000 hectáreas), o sea 10,63 hectáreas en promedio. Por otra parte existían decenas de millones de campesinos sin tierras que debían trabajar en condiciones miserables en las grandes haciendas de la aristocracia. Por otra parte, el régimen fiscal agrario hacía caer todo el peso de los impuestos sobre los campesinos, dejando prácticamente libre de ellos a dicha aristocracia terrateniente.
Esta fuerte concentración de la tierra que daba base al poder económico de los terratenientes se complementaba con el predominio político sobre los campesinos a través del respaldo de la monarquía zarista a aquellos.

Implantación del capitalismo monopólico

Desde fines del siglo XIX, y a un ritmo superior a lo que había sucedido en otros estados europeos, se había desarrollado un capitalismo muy concentrado con grandes fábricas, minas y ferrocarriles que nucleaban millones de obreros,  debido en buena parte a la inversión de capitales franceses, ingleses, estadounidenses y alemanes.
Los monopolios extranjeros se habían apoderado de las ramas productivas más importantes. Llegaron a controlar el 90% de las inversiones en la minería, 42% en la industria del hierro, acero y máquinas, y el 50% en la química. Tres entidades monopolistas, “Shell”, “Oil” y “Nobel” tenían el dominio de la industria petrolera. Más de la mitad del capital básico de todos los bancos comerciales accionistas se guardaba en las cajas fuertes de siete bancos de Petrogrado.
En este cuadro el capital francés ocupa el primer lugar con un 32.5% de las inversiones, siguiéndole el inglés con un 22.5% y el alemán con el 19%. Tres entidades monopolistas, “Shell”, “Oil” y “Nobel” tenían el dominio de la industria petrolera. Más de la mitad del capital básico de todos los bancos comerciales accionistas se guardaba en las cajas fuertes de siete bancos de Petrogrado.
Esto motivó un nivel de concentración de trabajadores muy elevada por unidad productiva. Antes de la guerra cerca de 3 millones de obreros se aglutinaban en los centros urbanos industriales, a la cabeza de los cuales estaba la fábrica de armas Putílov donde laboraban 40.000 obreros. El 41% de todos los obreros de Rusia trabajaban en grandes empresas con una plantilla mayor de 1000 operarios, mientras que en EE.UU. dicha proporción solo se daba en un 17%.
Lo reciente de este fenómeno implicaba que el grueso de los obreros tuviera un cercano pasado campesino, lo que influía tanto en los reflujos marcados ante las derrotas como en su disposición explosiva para la lucha.

La burguesía

La burguesía rusa nunca tuvo una fuerza social y política equivalente a la de los países occidentales. Con las principales palancas industriales en manos del capital extranjero, ligada a éste y a la nobleza terrateniente por muchos lazos económicos, no se configuró nunca como una clase social con una "personalidad" clara y una vocación de poder decidida.
Sin capacidad de dirigir a la clase obrera debido a la creciente independencia política de ésta y distanciada de los campesinos, la burguesía intentará oponerse a la primera y aprovechar el conservadurismo de los segundos para alcanzar un gobierno que introduzca reformas liberales pero sin alterar el orden social.

El factor de la "Gran Guerra"

Hacia 1917 la economía rusa evidenciaba signos de extenuación y de bancarrota total. Se paralizaban muchas fábricas y talleres, y decrecía la producción industrial. La escasez y la especulación hacían estragos en el deteriorado nivel de consumo de la población.
Para marzo de aquel año los precios de los artículos de primera necesidad habían aumentado enormemente. Según la Duma Municipal de Moscú, donde había más comestibles que en Petrogrado, y por lo tanto, eran más baratos, los alimentos habían aumentado, con relación a 2014, un 556% en promedio, mientras que el Ministerio de Abastos del Gobierno Provisional manejaba una tabla que informaba que artículos de primera necesidad como la ropa, el jabón o el combustible lo habían hecho en un 1.109%. Se implantó el racionamiento de pan, el hambre se cernía sobre el país, aparecieron enormes colas a las puertas de las tiendas de comestibles y de las panaderías. La desorganización del transporte ferroviario acrecentaba el desbarajuste económico. La crisis de combustible era alarmante.
La ruina económica abarcó a la industria, al transporte y a la agricultura. de 9.750 grandes empresas, en los años de la guerra sólo trabajaron ininterrumpidamente 4.802, esto es, el 49.3%.
En 1917 habían sido ya llamados a filas más de 15 millones de hombres, de los que más de 7 millones habían perecido a causa de los combates, el desabastecimiento, las enfermedades, etc. Lo que creó una aguda falta de mano de obra en el campo. Casi un tercio de las haciendas campesinas quedaron sin brazos. La cosecha de los cultivos cerealistas más importantes (alimenticios y forrajeros) disminuyó en 26 millones de toneladas, reduciéndose el área de siembra.
Por otra parte la guerra había sacudido hasta sus cimientos las finanzas del Estado. La deuda estatal de Rusia alcanzó en enero de 1917 la suma de 33.600 millones de rublos, de los que cerca de 8.000 millones correspondían a Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Mientras tanto los gastos de guerra diarios se elevaron de 24.2 millones de rublos en 1915 a 69 millones en 1917.

Caída del Zarismo

La crisis económica, el descalabro militar que imponía alcanzar la paz y terminar con la sangría de vidas, una clase obrera que había desarrollado profundas experiencias políticas a partir de la revolución de 1905 junto a la inquietud creciente del campesinado pobre por el acceso a la tierra,  desembocó en el rápido desprestigio del régimen zarista cada vez más visto como un obstáculo para la mejora de la situación.
En enero de 1917, 250.000 obreros se declaran en huelga, y en febrero el número de huelguistas supera los 400.000. El 25 de ese mes se desata una huelga general y en pocos días se realizan manifestaciones y acciones de lucha que adquieren gran proporción entre obreros y campesinos. La mayoría de los soldados y marineros ya no responden al gobierno y se niegan a reprimir a los manifestantes. El 27 de febrero fue depuesto el Zar.

Dos poderes

En una situación peculiar a nivel del desarrollo histórico se configuran dos poderes paralelos. Uno, el Gobierno Provisional, que asume el control formal del Estado y va a representar a la burguesía, los terratenientes y la oficialidad del Ejército, encabezado por el príncipe Lvov.
El otro, la formación de un nuevo tipo de poder, el de los soviets de diputados obreros y diputados soldados en toda Rusia, formándose los de de campesinos con posterioridad. Siendo el más importante el de la capital, Petrogrado, donde pronto se encuentran unificados obreros y soldados. En el primer congreso de los soviets de estos últimos va a emerger un Comité Ejecutivo Central (CEC) como representante máximo de éstos.
El Gobierno Provisional no puede actuar sin el apoyo de los soviets, dado el papel principal que tuvieron las masas de obreros y soldados en el derrocamiento del Zar, por lo que va a incorporar un representante del CEC, Kerenski, en su seno y a solicitar la adhesión de aquellos. Cosa que va a lograr, debido a que la gran mayoría de los dirigentes del CEC son Mencheviques y Socialrevolucionarios, organizaciones que están convencidas que no es posible la revolución socialista en lo inmediato y hay que apoyar a la burguesía para establecer conquistas democráticas.
Los bolcheviques, cuya mayoría de dirigentes recién salen de la cárcel, el destierro en Siberia o el exilio en el extranjero, creen que hay que los Soviets deben asumir el poder plenamente. Pero son apenas una minoría y no nuclean más que unos pocos miles de afiliados, además dudan sobre los caminos a seguir. Será Vladimir Ílich Ulianov, Lenin, quien, una vez regresado de su exilio en Suiza en el mes de abril, intente unir al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) Bolchevique tras la idea de que solamente una revolución socialista en el futuro inmediato podrá dar al pueblo ruso lo que anhela: fin de la guerra, reparto de tierra a los campesinos y control obrero de las industrias, como forma de  salir de la crisis.

lunes, 15 de octubre de 2018

Ideología de José Batlle y Ordóñez


Textos a partir de "La época batllista 1905 - 1929". Benjamín Nahum. 


Batlle en Europa (1907-1911)


Parece evidente que el espectáculo de una Europa que se transformaba social y económicamente influyó poderosamente en el espíritu receptivo de Batlle y Ordóñez. Durante su estadía en Francia pudo evaluar los resultados de la política anticlerical de la III República que culminaron en 1905 con la separación de la Iglesia y el Estado. Previamente se había realizado un gran esfuerzo para apartar el clero de la enseñanza prohibiendo el mantenimiento de escuelas a muchas congregaciones religiosas y multiplicando las escuelas del Estado para ofrecer una educación laica, gratuita y obligatoria.
Simultáneamente con el acceso de Clemenceau a la dirección del gobierno francés se producía una intensificación de las demandas obreras en pro de las mejoras laborales y sociales. El Estado reprimió con severidad a los gremios e hizo intervenir a la fuerza pública  en numerosas oportunidades en defensa de la "libertad de trabajo". El clima de permanente intranquilidad que el problema obrero provocó debió ser motivo de muchas reflexiones de un hombre como Batlle, que ya tenía cierta inclinación a considerarlo como un tema esencial del gobierno. Probablemente sintió que tales problemas podían ser evitados en un país joven como el Uruguay, donde las clases sociales recién estaban en formación, y donde una obra justiciera por parte del Estado en ese campo podía evitar los enfrentamientos sociales que tantos dolores causaban a las viejas naciones europeas.

Ideología de Batlle


A) Filosofía.

Esa convicción, por otra parte, coincidía con su ideología, un humanitarismo que desbordaba de fe en los progresos del hombre. Dentro de esta concepción el hombre es un ser racional dotado de libre arbitrio y con la voluntad suficiente para hacer su historia.
Era esencialmente un ideal reformista, evolucionista, que negaba la violencia y la revolución. Concebía al hombre capaz de realizar todos los cambios sociales necesarios dentro de una estructura liberal y democrática. Las decisiones de la mayoría en ese contexto eran obligatorias para la minoría; traducido a la realidad política de su tiempo significaba que las reformas que el mayoritario Partido Colorado deseaba imponer no podían ser rechazadas por la minoría Nacionalista.
Batlle y Ordóñez no aceptaba ningún determinismo sobre el hombre, y menos aún el económico de las teorías socialistas. Sostenía que el hombre es libre y hace la historia de acuerdo con sus ideas. La justicia y la libertad tienen más fuerza que las condiciones materiales que rodean al individuo. "El móvil de las acciones humanas no es solamente el interés; la idea, la verdad, apasiona también al hombre". El pensamiento humano no es un producto derivado de los hechos materiales sino que es el resultado de la libre elaboración de su espíritu. El espíritu puede dominar y condicionar a los hechos materiales.

B) Sociedad.

Ese afán de libertad individual se conciliaba en su pensamiento con la justicia social. Si en la ideología propia de su época fue común la apasionada defensa de la libertad, debe señalarse que el concepto de justicia social fue procesado por muy pocos estadistas en su momento histórico.
Negaba la lucha de clases, que implicaba darle a la vida política un tono violento y a la vez la identificación de un partido político con una sola clase social. Y la negaba porque sostenía que las clases sociales tienen una existencia material pero también otra espiritual, y dentro de todas ellas era posible encontrar hombres de buena voluntad que se hayan desligados de sus interese materiales. Además, Batlle y Ordóñez sostenía que las luchas sociales en Uruguay no debían tener la misma violencia que en Europa. En un país joven, donde los conflictos sociales apenas apuntaban, donde no existía tradición de lucha de clases, donde los distintos intereses no se habían enquistado todavía, en posiciones irreductibles, era posible que el organismo representativo de toda la sociedad, el Estado, actuara como árbitro y componedor en las disputas que el progreso económico podía aparejar.
Por ello el Estado debía acentuar su intervención en aras de la tranquilidad pública y de la justicia social. Al actuar como árbitro en los conflictos sociales, no debía perder nunca de vista que la justicia debía inclinarlo a contemplar a los miembros más débiles de la sociedad. De allí la copiosa legislación social y laboral en beneficio de las clases trabajadoras: la gran batalla por la jornada de 8 horas, los seguros contra accidentes de trabajo, la implantación de las jubilaciones, la protección a los ancianos (pensiones a la vejez), la ayuda a los enfermos (asistencia pública, laica y gratuita).

C) Política.

La libertad y la justicia social conllevan a la democracia política. En el Uruguay, donde el obrero podía votar, Batlle creía que el voto sería mucho más eficaz que la revolución. El voto del obrero, sumado al voto de buena voluntad de todas las clases sociales, lograría imponer pacíficamente las reformas consideradas necesarias por una ideología solidarista y humanitaria.
Por lo tanto, para Batlle, el sufragio universal era el camino a la justicia. "En las democracias con sufragio universal, los desheredados son los más fuertes porque son los mas". De esta convicción es que se derivan sus iniciativas de otorgar el sufragio a la mujer, extenderlo a los inmigrantes con corta residencia en el país y su proyecto de establecer el plebiscito, o consulta popular, vieja idea de sabor anarquista por su apelación a la democracia directa, que constituía un intento de pasar por sobre los poderes del Estado para remitirse al pueblo que era considerado la única fuente de todo poder político.
Así entendido el sufragio, la organización política de la sociedad debía completarse con dos reformas: en el Estado y en el partido.
En el Estado procediendo a la sustitución de la presidencia por un ejecutivo colegiado que alejaría para siempre los peligros de una dictadura personal que arrasara para siempre los derechos del pueblo. La omnipotencia que la constitución de 1830 le daba al presidente le parecía el mayor peligro posible para la estabilidad de las instituciones y el respeto de la voluntad soberana. Dividido el poder de decisión entre nueve hombres se diluiría el peligro lo que preservaría las libertades individuales y públicas.
Si al colegiado se le atribuía el papel de eliminar la dictadura política, en la separación de la Iglesia y el Estado se veía la garantía de la libertad de conciencia para todos los miembros d de la comunidad. El racionalismo espiritualista de Batlle y Ordóñez rechazaba todas las religiones positivas, y particularmente la católica, porque la constitución le daba ingerencia en la vida pública y en la conciencia de los ciudadanos; como esto era otra forma de despotismo que tampoco se podía admitir, su ideal era el Estado laico, cuya única misión fuera la de proteger también en este plano la libertad de conciencia de todos los integrantes de la nación.
Para que la democracia fuera una realidad en la vida del pueblo, y no una mera formalidad en la organización del poder político, Batlle estimaba necesario que el ciudadano fuera instruido y tuviera intervención directa en la vida pública. Para ello era necesario que se extendiera la educación a los más amplios sectores sociales, acentuando el rasgo de la gratuidad, que era esencial para lograrlo, y llevarla al interior del país, donde padecía notorias carencias (liceos departamentales); y a la mitad femenina del país que todavía no había sido integrada a la cultura (universidad de mujeres). Solo el hombre culto, conciente, podía ser un ciudadano apto. Pero una vez logrado esto el ciudadano debía poder pesar en las decisiones del gobierno. No bastaban los plebiscitos de iniciativa y ratificación, ya señalados, que aunque importantes en su esquema solo eran consultas populares esporádicas. Lo que entendía necesario era la participación continuada y persistente del ciudadano en la vida política. Y para ello el camino era abrirle la puerta de los partidos políticos, que como grandes movimientos de opinión, estarían representando directamente la voluntad popular. Por eso buscó la democratización del partido transformando su estructura. La creación del club seccional, que entendió como escuela de civismo, y, en escala ascendente, los comités departamentales, la comisión nacional, el comité ejecutivo nacional y, finalmente, el organismo más representativo por multitudinario: la convención del partido, donde estaban todas las opiniones, donde todas las opiniones serían escuchadas, todas las tendencias estarían representadas y se pedirían cuentas a los gobernantes partidarios de sus actos y de la acción de gobierno.
Entonces el partido - que sería el pueblo organizado en su actuación política - no solo elegiría sus hombres en el gobierno, sino que además los instruiría sobre lo que deberían hacer y los controlaría para que efectivamente cumplieran con el programa en acción. Los gobernantes serían simples ejecutores de la voluntad partidaria, es decir, popular. Es la idea, que tantas discusiones habría de provocar luego, del mandato imperativo.

D) Economía.

Así consolidado el esquema de la organización política de la sociedad, Batlle entendía que el Estado debía multiplicar su acción en cada campo en ese momento reservado solo a la iniciativa privada. En países jovenes donde ésta fuera tímida o insuficiente, o donde predominaran empresas extranjeras que extraían la riqueza de la región no había nadie más que el Estado que pudiera llenar las carencias que sufría el cuerpo social y que defendiera el patrimonio nacional.
Esa es la base del pronunciado intervencionismo económico que caracterízó su acción de estadista. La nacionalización del crédito y los seguros (Banco de la República, de Seguros, Hipotecario); la nacionalización de servicios públicos esenciales en manos extranjeras o privadas (ferrocarriles, puerto, telégrafo, luz eléctrica); el proteccionismo aduanero para esimular la naciente industria nacional o impulsar la diversificación industrial que nos liberaría de la dependencia exterior, son las manifestaciones de tal política.

C) Realizaciones.

Todos los temas expuestos hasta ahora constituyen un panorama difícil de abarcar en su conjunto por su amplitud. Muchas de las iniciativas que señalamos no pudieron ser aplicadas en su gobierno, fracasaron, o tuvieron un éxito parcial. Su éxito o fracaso dependió de la mayor o menor receptividad que esas ideas tuvieron en la sociedad, de las fuerzas sociales que lo apoyaron para que las realizara, o se opusieron a él para impedírselo, del desarrollo económico del país en la época, de su dependencia del exterior que tanto condicionaba sus realizaciones internas, de los conflictos políticos que ocuparon buena parte de su esfuerzo y de su atención. En suma, de un conjunto de hechos históricos que son los que siempre condicionan el pasaje a la vida real de toda ideología.

F) Juicio.

¿Qué comentarios pueden merecer este programa?
Muy diversos y polémicos sin duda, pero quizás sean rescatables las siguientes puntualizaciones.
Parece evidente que la intención de Batlle fue crear un país de clase media, donde predominara el pequeño propietario, liberal y abierto a las nuevas ideas. No valoró suficientemente el problema que para todo el país significaba la forma de explotación tradicional de la tierra. En una economía basada fundamentalmente en la ganadería, tanto el latifundio como el minifundio constituían trabas esenciales para su desarrollo. Sin un aumento de la producción agraria y su diversificación, no podía lograrse un desarrollo capitalista nacional que comprendiera a todo el país, y no solo a la capital. Quizás el periodo de bonanza económica que acompañó su actuación pública le dificultó una real aprehensión del problema. Pero lo cierto es que al no actuar en ese campo estaba hipotecando el futuro de su obra económica y social. Un país con un medio urbano desarrollado y un medio rural atrasado llevaba en su seno una contradicción irremediable que no tardaría en aflorar cuando la bonanza económica internacional terminara.
Confió ciegamente, como era habitual en la Europa de su época, en que la extensión de la educación y el sufragio universal constituirían los remedios infalibles para curar todos los males sociales. Hoy, luego de la barbarie e irracionalidad de dos guerras mundiales, sabemos que esos elementos, con ser esenciales, no alcanzaban para la implantación de una democracia completa.
Como representante típico del liberalismo, le dio enorme importancia al problema de la organización política de la sociedad. Ello no solo le insumió ingentes esfuerzos, sino que le quitó poder para llevar a cabo sus otras concepciones sociales y económicas. Confiado en la razón pensó que ésta se impondría por sí sola, por sus bondades intrínsecas y subestimó la fuerza de la oposición, que aprovechó el rechazo a sus ideas políticas (el colegiado) para oponerse también a su obra económica y social. Pero, en su conjunto, la obra llevada a cabo en el primer tercio de nuestro siglo (el XX) fue importante, y en algunos casos irreversible. El valor de la democracia política, la lucha pacífica de partidos opuestos, la extensión de la educación, el papel del Estado como árbitro en los conflictos sociales, su intervención en la vida económica y social fueron conceptos que se incorporaron a la vida de los uruguayos y les dieron una personalidad propia y definida con relación al resto de América.



sábado, 30 de septiembre de 2017

El Ascenso del Nazismo.



Después de la primera guerra mundial, el tratado de Versalles (1919) había intentado rehacer el mapa de Europa en una distribución que fuera acorde con los intereses que representaban los “tres grandes”: EEUU, Gran Bretaña y Francia.
Alemania debió  devolver Alsalcia y Lorena a Francia, Eupen y Malmedy a Bélgica y el norte de Schleswig a Dinamarca. Danzig se constituyó en “ciudad libre” y las minas carboníferas del Sarre fueron ocupadas por Francia y administradas por la Sociedad de naciones. Al mismo tiempo Alemania debía comprometerse al pago de los gastos de guerra – calculados en 226.000 millones de marcos –, reducir su flota a seis unidades y su ejército a cien mil hombres.
Con la Sociedad de Naciones, creada con la supuesta intención de regular las relaciones entre los estados y evitar nuevos conflictos armados, los países europeos esperaron encontrar el equilibrio; pero muy pronto se evidenció su fracaso.
Pero ni los nuevos repartos, ni los fracasados acuerdos internacionales podían proporcionar una solución a los graves problemas internos que aquejaban a los países europeos. La guerra había dejado un saldo de pérdidas igualmente desfavorable para todos, salvo EE.UU., que quedó como primera potencia mundial.
Además la Revolución Rusa había cambiado bruscamente la fisonomía del mundo. A partir de ese momento, “el fantasma del comunismo” se cernía sobre Europa y el vigoroso y organizado movimiento obrero de la postguerra constituía indudablemente un peligro real para la burguesía.
La situación cobró características alarmantes a partir de 1930. La crisis del mercado de valores de Nueva York (1929) tuvo repercusión mundial: en 1931 quebró el Kredit – Austalt, importante banco de Viena y la crisis financiera se extendió por Europa. La “gran depresión” sirvió para demostrar que también para el capitalismo existía un agotamiento de sus propias reservas. La urgencia de la necesidad de salvar al sistema del colapso se hizo evidente y, a partir de ese momento, todas las naciones europeas – incluso los Estados Unidos – comenzaron a adoptar rasgos que resultaban ajenos a la ideología liberal que había regido el capitalismo.

Alemania.

En la primera mitad de la década de 1920 la crisis económica llegaba a sus puntos más extremos. Alemania había perdido sus colonias y mercados internacionales y se veía obligada a cerrarse dentro de sus propias fronteras. A la vez, pesaba sobre el país una enorme deuda externa, la situación era caótica y la inflación pronto se hizo incontrolable. A fines de 1923 la crisis financiera llegó a su punto más agudo: el marco se desvalorizó totalmente y muchos alemanes se encontraron con que sus ahorros no eran más que una masa de papeles inservibles. En el mes de noviembre, el dólar se cotizaba en Berlín a dos billones y medios de marcos, y una barra de pan dos cientos millones.
En ese mismo año – 1923 – estallaba el “putsch de la cervecería de Munich”, intento de golpe de estado organizado por el Partido Nacional Socialista, que Adolfo Hitler había cofundado en Munich, en 1919. El primer golpe nazi fracasó y Hitler fue condenado a la cárcel por cinco años, pero salió libre a los meses.
Entre 1925 y 1929 la coyuntura mejoró debido a los inmensos capitales que EEUU volcó en forma de préstamos a Alemania para asegurar su recuperación a fin de que pudiera pagar sus deudas con las potencias europeas vencedoras, y a la vez éstas con los bancos estadounidenses. La industria, que había cancelado sus deudas en la inflación, pedía miles de millones para instalar nueva maquinaria y para racionalizar los procesos de fabricación. Su rendimiento, que en 1923 había descendido al 55% con relación a 1913, se elevó hacia 1927 al 127% en 1928 por primera vez desde la guerra, el número de parados descendió a menos de un millón, exactamente a 650.000. Las ventas al por menor de aquel año aumentaron el 20% más que las de 1925 y al siguiente año los salarios reales alcanzaron una cifra del 10%  más alta que 4 años antes. 
Un fermento maravilloso estaba cambiando Alemania. La vida aparecía más libre, más moderna, más excitante que cualquier otro lugar. En ningún otro sitio parecían vivir tan intensamente las artes y la vida intelectual. En literatura, pintura, arquitectura, en música y en teatro, habían surgido nuevas corrientes y agudos talentos. En todas partes se respira un aire de juventud. Uno podía estar sentado durante toda la noche rodeado de jóvenes, en los cafés, en los bares, en campamentos de verano en cualquier vapor haciendo un crucero por el Rhin o en el estudio lleno de humo de un artista y hablar indefinidamente de la vida. Eran grupos saludables, alegres, adoradores del sol y estaban llenos de un entusiasmo enorme que los hacía vivir plenamente y en libertad completa. El Antiguo y opresivo espíritu prusiano parecía estar muerto y enterrado. La mayoría de los alemanes que uno conocía – políticos,  escritores, editores, artistas, profesores, estudiantes, hombres de negocios y encargados de personal – daban la impresión de ser demócratas liberales, incluso pacifistas.

Casi no se oía hablar de Hitler o de los nazis, excepto como tema para chistes. Contando con 108.000 miembros, en las elecciones del 20 de mayo de 1928 el partido nazi tuvo solamente 810.000 votos de un total de 31.000.000 y tenía tan sólo una docena entre los 491 miembros del Reichstag (Parlamento alemán). Por el contrario los Social-Demócratas  alcanzaron más de nueve millones, conquistando 153 escaños, lo que hizo de ellos el partido político más importante desde el punto de vista electoral. Diez años después del término de la guerra, la República alemana parecía, al fin, haberse consolidado. 


La crisis golpea de nuevo


Sin embargo la crisis emergida en EEUU a partir de 1929 hizo pedazos esta ilusión de bienestar. La depresión que se extendió sobre el mundo como una gran conflagración dio al partido nazi su oportunidad, y se aprovechó cuanto pudo de ella. Pero no para hacerlo por medio de un golpe sino por mandato de los electores o por el consentimiento de los gobernantes de la nación…en resumen, por medios constitucionales.
La demagogia y el nacionalismo expresado por el nazismo caían en terreno fértil ante la desesperación del pueblo alemán por la nueva crisis económica que enfrentaba. Para obtener el apoyo de quienes estaban en el poder tenía que convencerlos de que sólo él podía salvar a Alemania de su desastrosa situación, y sobre todo de una posible revolución comunista.
Las consecuencias de la crisis iniciada en EE.UU. se sintieron prontamente en Alemania. Cuando se acabaron los préstamos extranjeros, principalmente desde el capital norteamericano, y hubo que pagar los concedidos anteriormente, la estructura económica alemana fue incapaz de soportar el esfuerzo. cuando el comercio mundial se doblegó siguiendo la general baja repentina en los valores, Alemania no pudo exportar los suficiente para compensar las importaciones esenciales de materias primas y alimentos que precisaba. La producción industrial descendió casi a la mitad desde 1929 a 1932. Millones de obreros fueron despedidos. Miles de pequeñas empresas quedaron arruinadas. En mayo de 1931, el Banco más importante de Austria, el Krestanstalt, quebró, y esto fue seguido, el 13 de julio, pro la bancarrota de los más fuertes Bancos alemanes, el Darmstaedter y el NationalBank, lo que obligó al gobierno de Berlín a cerrar temporalmente todos los bancos. Ni siquiera la iniciativa del presidente Hoover de conceder una moratoria para todas las deudas de guerra - incluyendo las reparaciones alemanas, que llegó a ser efectiva el 6 de julio - pudo detener la marea. Todo el mundo occidental estaba sacudido por fuerzas que sus jefes no comprendían, pero que sentían que estaban por encima del control de los hombres. ¿Cómo era posible que de pronto hubiera tanta pobreza, tanto sufrimiento humano, en el centro de tanta abundancia?


Nueva táctica


Pero ahora el Partido Nazi no buscaría alcanzar el gobierno por medio de un golpe de estado. Hitler había explicado su nueva táctica a uno de sus secuaces, Karl Ludecke, mientras estaban en prisión: “cuando vuelva al trabajo activo será necesario seguir una nueva política. En vez de actuar por medio de la fuerza para conseguir el poder, tendremos que agachar la cabeza e ingresar en el Reichstag para oponernos a los diputados católicos y marxistas. Si vencerlos en las elecciones nos lleva más tiempo que expulsarlos, al menos el resultado estará garantizado por su propia constitución. Todo proceso legal es lento…Pero más tarde o más temprano tendremos mayoría…y, después de eso, Alemania”.
Para ello el Partido necesitaba cada vez más recursos económicos, que financiaran las continuas campañas electorales y su funcionamiento permanente. Los grandes grupos monopólicos de la economía vinieron a llenar esa necesidad.

Los monopolios capitalistas financian al nazismo




Que Hitler y su partido pudieran tomar el control de Alemania llegó a mostrarse claro a los directores de la industria después del sensacional incremento de votos en las elecciones de 1930.
"En 1931", declaró Walther Funk en Nuremberg, "mis amigos industriales y yo estábamos convencidos de que el Partido Nazi llegaría al poder en un futuro no demasiado lejano".
En el verano de ese año, Funk, un grasiento hombrecillo, abandonó un lucrativo puesto como director de un importante periódico financiero alemán, el Berliner Boersenzeitung, se afilió al partido nazi y llegó a ser enlace entre el partido y cierto número de importantes personalidades dentro del mundo de los negocios.
"En ese tiempo la dirección del partido sostenía puntos de vista complemtamente contradictorios y confusos en cuanto a la política económica. Traté de cumplir mi misión impresionando personalmente al Führer y al partido con la idea de que la iniciativa privada, la confianza en sí mismo de los hombres de negocios, el poder creador de la empresa libre, etc., fuera reconocida como la política económica básica del partido. El Führer personalmente acentuó con énfasis una y otra vez durante sus conversaciones conmigo y con los dirigentes industriales que yo le había presentado, que era enemigo de una economía estatal y de la llamada "economía planificada" y que consideraba a la empresa libre y a la competencia como absolutamente necesarias para alcanzar la más alta producción posible".
El partido necesitaba grandes umas para costear las campañas electorales, pagar las facturas de su propaganda ampliamente difundida e intensificada, abonar las nóminas de los funcionarios del partido, que trabajaban todo el dìa para su administraciòn, y mentener los ejércitos privados de las S.S. y S.A., las cuales, a finales del año 1930 comprendían más de 100.000 hombres, una fuerza superior a la del ejército. Los negociantes y los banqueros no eran la única fuente de ingresos pero era la más importante.
En el verano de 1931 Hitler resolvió concentrar todos sus esfuerzos en cultivar la amistad de los influyentes magnates industriales.
El partido tenía que seguir a la vez dos caminos distintos. Tenía que permitir a Strasser, Goebbels y al maniático Feder que engañaran a las masas con el estribillo de que los Nacionalsocialistas eran verdaderamente socialistas y dejar que hablaran en contra de los capitalistas. Por otra parte, el dinero necesario para que el partido continuara su marcha había de ser obtenido de aquellos que tenían una amplia provisión de fondos. Durante toda la segunda mitad de 1931, dice Dietrich, Hitler "atravéso Alemania de cabo a rabo, manteniendo entrevistas personales con prominentes personalidades del mundo de los negocios". Tan ten secreto fueron llevadas a cabo estas reuniones, que se celebraron "en algún solitario claro del bosque".
¿Quiénes eran esos magnates?
Algunos de ellos eran:
Emil Kirdorf. Jefe de la unión carbonera que presidía un fondo político conocido como la "Tesorería del Ruhr" que había sido fundado por los intereses mineros de Alemania Occidental. Había sido seducido por Hitler en el congreso del partido de 1929.
Fritz Thyssen, el jefe del trust del acero. Conoció al jefe nazi en Munich, en 1923, siendo arrastrado por su elocuencia e inmediatamente hizo un donativo inicial de 100.000 marcos oro al entonces casi desconocido partido nazi. Junto a Thyssen estuvo Albert Voegler, una potencia también en los Aceros Unidos. En realidad, los intereses implicados en el carbón y el acero furon las principales fuentes de los fondos que procedían de los industriales para ayudar a Hitler en sus últimas zancadas en la carrera de vallas hacia el poder.
También había otras industrias y negocios, cuyos directores no querían ser dejados a la intemperie si Hitler conseguía sus propósito. La lista es larga, e incluía a Georg von Schnitzler, uno de los principales dirigentes de la I. G. Farben, el gigantesco cártel químico; August Rosterg y August Diehn, de la industria de la potasa; Cuno, de la naviera que tenía la línea Hamburgo - América; la industria derivada del carbón de Alemania Central; Conti, con grandes intereses en el caucho; Otto Wolf, el poderoso industrial de Colonia; varias bancas de las más importantes, entre las cuales figuraban el Deutsche Bank, el Commerz und Privat Bank, el Dresdener Ban, el Deutsche Kredit Geselleschaft; y la más importante de las compañías de seguros, la Allianz.
Algunos, como el dueño del gigante armamentístico Krupp, fueron violentos enemigos de Hitler pero una vez que llegó a Canciller "vio pronto la luz" y se convirtió rápidamente en un "super nazi" según palabras de Thyssen.



Está claro, por tanto, que en su impulsión final hacia el poder, Hitler gozó de un considerable respaldo económico procedente de una amplia gama del mundo de los negocios alemán. En cuanto contribuyeron  los banqueros y negociantes entre 1930 y 1933 nunca fue completamente esclarecido. Pero a juzgar por las grandes sumas que el partido tenía a su disposición en aquellos tiempos, los donativos totales procedentes fueron con seguridad mucho mayores de lo comprobado. Thyssen estima unos dos millones de marcos al año. 

Hitler Canciller y la búsqueda del poder total



La caótica situación de Alemania permitió que Hitler asumiera como Canciller porque los sectores privilegiados buscaban un hombre que asegurara el orden y el fin de la agitación social, mientras que las capas medias y una parte de los obreros querían creer en un salvador que restituyera el poder de Alemania.
Sin embargo no fue producto de haber logrado una mayoría electoral como a veces se difunde. El presidente Hindemburg, ex - general y "héroe" de la Gran Guerra, lo instituyó en tal cargo, similar a un Primer Ministro, a partir de las presiones de los sectores conservadores y del gran capital que veían en aquél un instrumento de imponer el orden frente a la "amenaza comunista", en el marco de un profundo rechazo al sistema democrático parlamentarista emergido en 1919. Contando con el apoyo de los centristas y nacionalistas, en enero de 1933 el partido Nazi formó parte del gabinete de gobierno coaligado con los nacionalistas, aunque no tenían la mayoría absoluta para otorgar a Hitler poderes absolutos como éste demandaba. Entre ambas formaciones tenían apenas 247 escaños del total de 583 que había en el Parlamento. Al no llegar a un acuerdo con los centristas, 70 bancas, el nuevo gobierno llamó a nuevas elecciones para, aprovechando los recursos del estado, obtener la mayoría especial de dos tercios deseada. Como anotó Goering, lugarteniente de Hitler, en su diario: "ahora será fácil emprender la lucha, ya que podemos disponer de todos los recursos del Estado. La radio y la prensa están a nuestra disposición. Podemos poner en escena una obra maestra de la propaganda. Y en esta ocasión, naturalmente, no falta el dinero".
A inicios de febrero, el gobierno alemán prohibió la reunión de comunistas y abolió la prensa de este movimiento. Las concentraciones de los socialdemócratas fueron prohibidas, y las SA irrumpieron en las que se formaban. Los periódicos socialdemócratas fueron suspendidos frecuentemente. La policía tenía la orden de dejar hacer a las fuerzas de choque fascistas.
Los grandes hombres de negocios, contentos con este nuevo gobierno que iba a colocar a los obreros organizados en su verdadero puesto y a pemitir que los negociantes condujeran sus negocios tal como deseaban, fueron invitados a que soltaran el dinero. Goering y Hitler tuvieron una reunión con una decena de magnates alemanes, incluyendo a Krup von Bohlen, que había llegado a ser un nazi entusiasta en el transucurso de esa noche, Bosch y Schnitzler, del a I.G. Farben, y Voegler, jefe de las Acerías Unidas. De allí surgieron tres millones de marcos como aporte a la campaña electoral nazi.
Pero faltaba algo más, un hecho impactante antes de las elecciones del 5 de marzo que convenciera a la opinión pública de que los comunistas, con la neutralidad sino simpatía de los socialdemócratas, querían precipitar una revolución para establecer su "terror marxista".
El episodio del "incendio del Reichstag" les dio la chance.

El "incendio del Reichstag"



El 27 de febrero de 1933 en la sede del Parlamento alemán se produjo un incendio que lo consumió parcialmente. Sin embargo desde el mismo momento en que Hitler y sus colaboradores arribaron al Reichstag proclamaron que era un crimen comunista. Goering, sudoroso y resoplante y completamente fuera de si por la excitación, gritó: "este es el comienzo de la revolución comunista" y agregó, "no debemos esperar un minuto. No debemos mostrar misericordia. Todo miembro del comunismo debe ser fusilado dondequiera que se encuentre. Esta misma noche hay que tomar a todos los diputados comunistas".
En el interior la policía y los bomberos encontraron a un ​jóven albañil comunista holandés llamado Marinus van der Lubbe, quien tenía cierta discapacidad intelectual. Fue culpado de inmediato por el gobierno alemán. Días después, y bajo tortura, admitió haber prendido fuego al edificio por lo que fue sentenciado a muerte y ejecutado.
Junto al muchacho holandés se enjuició a Ernst Torgler, jefe parlamentario de los comunistas, que se presentó a la policía cuando se enteró de que se acusaba a su Partido para desmentir dicha responsabilidad. Tres comunistas búlgaros también formaron parte del proceso, incluido Georgi Dimitrov, quien luego llegó a ser máximo líder de la Internacional Comunista.
El juicio que se celebró ante el Tribunal Supremo en Leipzig se convirtió en algo parecido a un fracaso para los nazis y especialmente para Goering, a quien Dimitrov, actuando como defensor de sí mismo, provocó con toda facilidad hasta hacerle caer en contradicciones en una serie de preguntas y repreguntas.
Torgler y los tres búlgaros fueron absueltos, aunque el jefe comunista alemán fue puesto inmediatamente en "vigilancia para su protección", en cuya situación permaneció hasta su muerte durante la Segunda Guerra. No pudo ser demostrado que el Partido Comunista tuviera que ver con el incendio.
En particular, durante el juicio Dimitrov hizo público que desde el Palacio del Presidente del Reichstag, Goering, había un pasillo subterráneo construido para el montaje de la calefacción central, que iba hasta el edificio del Reichstag. Por lo que era probable, según muchos observadores, que el incendio fuera provocado por las propias fuerzas de asalto nazis, que a la vez utilizaron al muchacho holandés como chivo expiatorio.  Lo cierto es que fue utilizado este episodio para instaurar que las elecciones eran para optar entre el orden nazi o la "violencia comunista".
En ese sentido, al día siguiente del incendio, el 28 de febrero, el presidente Hindenburg firmó un decreto para "la protección del Pueblo y el Estado" por los que quedaban en suspenso las siete secciones de la Constitución que garantizaban las libertades individuales y civiles. Descrito como una "medida defensiva contra los actos comunistas de violencia que ponen en peligro al Estado". Acto seguido se arrestó a cuatro mil dirigentes comunistas y una gran cantidad de jefes socialdemócratas y liberales, inaugurándose los primeros campos de concentración.
Con todos los recursos del Gobierno nacional y del prusiano a su disposición, y con gran cantidad de dinero, procedente de los grandes negociantes, en sus cofres, los nazis llevaron a cabo una propaganda electoral tal como no se había visto nunca jamás en Alemania. El electorado se veía al mismo tiempo adulado con las promesas de un paraíso alemán, intimidado por el terror pardo en las calles y aterrado por las "revelaciones" acerca de la "revolución" comunista.

Las urnas no ungieron a Hitler y el Partido Nazi.

Sin embargo, el 5 de marzo de 1933, a pesar de todo el terror y la intimidación la mayoría de los electores rechazaron a Hitler. Los nazis fueron a la cabeza con 17.277.180 votos, (288 bancas, o un 44% del total de votos), por lo que la mayoría especial se le escapaba. Incluso los comunistas habían logrado alcanzar los 4.848.058 votos.
Junto a los escaños de los nacionalistas (52), no lograban sumar la mayoría de dos tercios para poder establecer una dictadura con consentimiento del Parlamento, mediante el otorgamiento de poderes absolutos a Hitler por cuatro años, que se transformaron en los hechos en doce.
Se imponía la maniobra y la complicidad. Se comenzó por detener a los 81 diputados comunistas electos, a los que se sumaron una docena de diputados socialdemócratas. Luego se procedió a convencer a los diputados centristas con promesas vagas de respeto a la Constitución. El resultado fue que se llegó al número requerido de voluntades, 441 a favor, con la sola oposición de los restantes diputados socialdemócratas (84). Los diputados nazis se pusieron de pie gritando y cantando en pleno delirio y luego, reforzados por las fuerzas de asalto, estallaron de júbilo. El parlamento le cedió su autoridad constitucional a Hitler.

El régimen Nazi

Al año siguiente fallecía Hindenburg y Adolfo Hitler reunió en su persona los cargos de Canciller y presidente. La decision fue ratificada por un plebiscito que le concedía además el título de Führer (Caudillo). La bandera de la República fue reemplazada por la svástica, símbolo nazi que representaba la superioridad de la raza aria, y Alemania pasó a constituir el Tercer Reich.
La república federal fue reemplazada por el estado unitario; se disolvieron los sindicatos y se constituyó el Frente de Trabajo Alemán, controlado por el estado; el único partido político legal fue el Partido Nazi y se crearon los “tribunales del pueblo” que atendían los casos de “traición”. Se organizó la Gestapo, policía secreta encargada de organizar la represión de todos quienes se consideraran opositores; la S.A., tropas de vigilancia, y las S.S., guardia de defensa. Junto con un rígido sistema de control socio-político, se estableció para el control socio – político, se estableció para el control de la economía el “Plan de Cuatro Años”, que tenía como objetivo el autoabastecimiento.
La exaltación del espíritu nacional se combinó con el culto a la superioridad de la raza aria. Resulta innecesario hablar de las terribles persecuciones que se desataron contra los judios y que son la prueba más siniestra y evidente de a lo que puede llegar el fascismo. Pero el terror era para Hitler una verdadera arma política y tenía un claro y definido objetivo. 


El Terror






Según las mismas palabras de Hitler: “¿Habéis notado cómo actúan los babiecas cuando dos granujas se trenzan en la calle? La crueldad impone respeto. La crueldad y la brutalidad. El hombre de la calle no respeta más que la fuerza y la bestialidad. Las mujeres también, las mujeres y los niños. La gente experimenta la necesidad de sentir miedo; los alivia el temor. Una reunión pública, pongamos por caso, termina en pugilato; ¿no habéis notado que los que más severo castigo han recibido son los primeros en solicitar su inscripción en el Partido? ¿Y me venís hablar de crueldad y os indignáis por habladurías de torturas? Pero si precisamente lo quieren las masas. Necesitan temblar”… “Lo que no quiero es que se transformen los campos de concentración en pensiones familiares. El terror e el arma política más poderosa y no me privaré de ella so pretexto que resulta chocante para algunos burgueses imbéciles” Mi deber consiste en emplear todos los medios, para endurecer al pueblo alemán y prepararlo para la guerra”.


Del libro Mi lucha de Adolfo Hitler.


Como una mujer, que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero íntimo se sienten mucho más satisfechas por una doctrina que no tolera rivales que por la concepción de la libertad propia del régimen liberal; con frecuencia se sienten perdidas al no saber qué hacer con ella, y aun se consideran fácilmente abandonadas. Ni llegan a darse cuenta de la imprudencia con la que se las aterroriza espiritualmente ni se percatan de la injuriosa restricción de sus libertades humana, puesto que de ninguna manera caen en la cuenta del engaño de esta doctrina. 


El mitin de las masas es necesario, al menos para que el individuo, que al adherir a un nuevo movimiento se siente solo y puede ser fácil presa del miedo de sentirse aislado, adquiera por vez primera la visión de una comunidad más grande, es decir, de algo que en muchos produce un efecto fortificante y alentador…él mismo deberá sucumbir a la influencia mágica de lo que llamamos sugestión de masa.

Textos elaborados sobre la base de:

Auge y Caída del Tercer Reich. William L. Shirer. Luis de Caralt EDITOR. Barcelona. 1962.

El Fascismo. Susana Bianchi. Revista Transformaciones. CEAL. 1969.