martes, 11 de abril de 2017

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE - Erich María Remarque



Extractos de la novela escrita por Erich María Remarque, basada en su experiencia como soldado entre 1916 y 1918 en la Gran Guerra:

Kantorek era nuestro profesor; un hombre pequeño y severo, con levita gris y cara de musaraña. Tenía, poco más o menos, la misma estatura que el suboficial Himmelstoss, el «terror de Klosterberg». Resulta cómico, por otra parte, que la desgracia en este mundo venga tan a menudo de la mano de hombres cortos de talla. Son mucho más enérgicos que los altos.
Siempre he evitado formar parte de compañías mandadas por hombres pequeños; en general son inaguantablemente necios. Kantorek, en las horas de gimnasia, nos atiborró de discursos hasta que toda nuestra clase, con él a la cabeza, fuimos a la Comandancia del distrito para alistarnos. Todavía lo veo delante de mí, preguntándonos con los ojos relampagueantes tras los cristales de las gafas y la voz conmovida: —Iréis todos, ¿no es cierto?
Estos pedagogos llevan, con excesiva frecuencia, los sentimientos en el bolsillo del chaleco; ciertamente de esta forma pueden distribuirlos en cualquier momento. Pero nosotros, entonces, no lo sabíamos. Sólo uno se resistió a venir. Joseph Behm, un muchacho gordo y bonachón. Más tarde, sin embargo, se dejó convencer. No tenía otra alternativa. Quizás otros pensaran como él, pero era muy difícil confesarlo, pues en aquella época incluso vuestros padres tenían presta la palabra «cobarde» para echárnosla al rostro. Y es que entonces nadie presentía lo que iba a pasar.
Los más razonables eran, sin duda, la gente sencilla y pobre; en seguida consideraron la guerra como un desastre, mientras que, por el contrario, los acomodados no cabían en su piel de alegría; y sin embargo, ellos, mejor que nadie, pudieron prever las consecuencias. Katczinsky dice que de eso tiene la culpa la educación, que nos atonta. Y pensad que cuando Kat afirma algo, es que antes lo ha meditado bien. Casualmente, Behm fue de los primeros en caer. Recibió una bala en los ojos durante un combate y lo dejamos por muerto. No pudimos recogerle porque debimos retroceder precipitadamente.
Por la tarde lo oímos gritar y vimos cómo se arrastraba por el campo. Sólo había perdido el conocimiento. Como no podía ver, zigzagueaba loco de dolor, sin aprovechar ninguna defensa, sin cubrirse. Así le mataron a tiros desde el otro lado, antes que nadie de nosotros hubiera podido salir a buscarlo. Naturalmente eso no puede ser relacionado con Kantorek; ¿cómo terminaríamos, si no, empezando por ver ahí una culpabilidad? Existen miles de Kantoreks y todos están convencidos de que lo que hacen, tan cómodo para ellos, es lo mejor que pueden hacer. Precisamente en esto consiste su fracaso.
Habrían debido ser para nosotros, jóvenes de dieciocho años, los mediadores, los guías, que nos condujeran al mundo de la madurez, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La noción de la autoridad, que representaban, les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió echó por los suelos esta convicción.
Tuvimos que darnos cuenta de que nuestra edad era mucho más leal que la suya; no tenían por encima de nosotros más ventajas que la frase huera y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y al darnos cuenta de ello, se derrumbó, con él, el concepto del mundo que nos habían enseñado. Mientras ellos seguían escribiendo y discurseando, nosotros veíamos ambulancias y moribundos; mientras ellos proclamaban como sublime el servicio al Estado, nosotros sabíamos ya que el miedo a la muerte es mucho más intenso. Con todo, no fuimos rebeldes, ni desertores, ni cobardes —tenían siempre tan dispuestas estas palabras—; amábamos a nuestra patria tanto como ellos y al llegar el momento de un ataque, nos lanzábamos a él con coraje. Pero ahora distinguíamos.
Ahora habíamos aprendido a mirar las cosas cara a cara y nos dábamos cuenta que, en su mundo, nada se sostenía. Nos sentimos solos de pronto, terriblemente solos; y solos también debíamos encontrar la salida. 


Antes de visitar a Kemmerich, hacemos un paquete con todas sus cosas; podría necesitarlas durante el camino. En el ambulatorio hay mucho movimiento; como siempre, hiede a fenol, a pus y a sudor. Uno se acostumbra a muchas cosas en las barracas, pero aquí nos sentimos desfallecer. Preguntamos dónde está Kemmerich; lo han puesto en una sala y nos recibe con una débil expresión de alegría y una agitación impotente.
Mientras estaba sin conocimiento le han robado el reloj. Müller mueve la cabeza y dice: —Ya te lo había dicho; no puede llevarse un reloj tan bueno encima. Müller es un poco tocho y siempre quiere tener razón. De otra forma callaría, porque se ve muy claro que Kemmerich no saldrá nunca de esta sala. Que recupere o no el reloj, es indiferente. Lo máximo que podríamos hacer sería mandarlo a su casa.
— ¿Cómo va eso, Franz? —pregunta Kropp. Kemmerich agacha la cabeza. —Bien, bastante bien, si no fuese por estos terribles dolores en el pie. Miramos las mantas que lo cubren. Su pierna está dentro de un cesto de alambre sobre el que se abomba la ropa de la cama. Doy a Müller un golpe de rodilla, pues es capaz de contarle a Kemmerich lo que nos han dicho los sanitarios antes de entrar: que Kemmerich no tiene ya pie; le han amputado la pierna.
Su aspecto es horrible. En la cara, pálida y apagada, tiene ya aquellas extrañas líneas que tan bien conocemos por haberlas visto centenares de veces. No son propiamente líneas sino más bien señales. Bajo la piel ya no late la vida que se ha replegado a los límites del cuerpo; la muerte trabaja el interior del organismo y ya es dueña de los ojos.
He aquí a nuestro compañero Kemmerich, que hace poco todavía asaba carne de caballo con nosotros y se arrellanaba, cuidadosamente, en el interior de los grandes embudos que dejan los obuses. Es él y, sin embargo, ya no es él. Su fisonomía se ha difuminado, se ha hecho imprecisa y desteñida como aquellas placas fotográficas sobre las que se han tomado dos instantáneas. Su misma voz tiene un tono ceniciento. Recuerdo ahora la escena de nuestra partida. Su madre, una buena mujer muy gorda, le acompañó a la estación. Lloraba sin parar y tenía el rostro descompuesto y abotargado. Kemmerich se sentía molesto, pues ella era la menos serena de todas. Literalmente se deshacía en sebo y agua. La pobre mujer se había fijado en mí y, agarrándome por el brazo, me suplicaba a cada momento que cuidara a su Franz.
Ciertamente el muchacho tenía cara de niño y unos huesos tan flojos que con sólo cuatro semanas de llevar mochila detentaba ya unos hermosos pies planos. ¡Pero cómo es posible cuidar a alguien en campaña! —Bien —dice Kropp—, ahora te irás a casa. Si hubieras tenido que esperar a un permiso, tenías, como mínimo, para tres o cuatro meses. Kemmerich asiente con la cabeza. No puedo mirar sus manos, son como la cera. Bajo las uñas lleva todavía el barro de las trincheras, de un color azul oscuro; parece veneno. Pienso que estas uñas irán creciendo mucho tiempo todavía, como una fantasmal vegetación subterránea, cuando Kemmerich ya no viva.
Me parece verlo, tenerlo delante de mí; las uñas se arrollan como tirabuzones y crecen, crecen juntamente con el cabello encima del cráneo que se descompone, como la hierba encima de una tierra bien abonada. ¿Cómo es posible esto? Müller se agacha.
—Hemos traído tus cosas, Franz. Kemmerich hace un signo con la mano.
—Ponlas debajo de la cama. Müller lo hace. Kemmerich vuelve a hablar de su reloj. No sé cómo tranquilizarlo sin inspirarle recelo. Müller se levanta con un par de botas de aviador en la mano. Son unas soberbias botas inglesas, de cuero amarillo y suave, que deben llegar a la rodilla y se abrochan con unos cordones a lo largo de toda la caña. Algo espléndido, envidiable. Müller las contempla y entusiasmado, las compara con sus bastos zapatones y pregunta:
— ¿Piensas llevarte también estas botas, Franz? Los tres tenemos el mismo pensamiento: aunque sanara no podría utilizar más que una, o sea, que no tendrían ningún valor para él. Tal como están las cosas es una lástima que se queden aquí, porque los sanitarios las rapiñarán en cuanto muera.
Müller insiste: — ¿No quieres dejarlas aquí? Kemmerich no lo quiere. Son la mejor pieza de su equipo.
—Podríamos cambiártelas —sigue Müller—. Aquí, en campaña, es necesaria una cosa así. Pero Kemmerich no quiere ni oír hablar de ello. Toco a Müller con el pie, y éste, dudando todavía, vuelve a poner las botas en su lugar, bajo la cama. Permanecemos con él algunos minutos más y luego nos despedimos: —Que te vaya bien, Franz. Le prometo volver mañana. Müller también; piensa en las botas y quiere vigilarlas. Kemmerich gime. Tiene fiebre. Fuera, detenemos a un sanitario y le pedimos que dé una inyección a Kemmerich. El se niega.
—Si quisiéramos dar morfina a todos, necesitaríamos muchos barriles.
—Por lo visto, sólo te dignas servir a los oficiales —dice Kropp, rencorosamente. Intervengo y empiezo por alargar un cigarrillo al sanitario. Lo toma y después le pregunto: —Tú no debes estar autorizado para poner inyecciones, ¿verdad? Mi pregunta le ofende. —Si tampoco me creeréis, no veo por qué he de decíroslo... Le pongo dos cigarrillos más en la mano.
—Vamos, pues, haznos este favor. —Bueno, sea —dice. Kropp entra con él. Desconfía y quiere verlo. Nosotros esperamos fuera. Müller vuelve a empezar con lo de las botas. —Me irían de primera. Con estas barcas siempre llevo los pies llenos de ampollas. ¿A ti te parece que vivirá hasta mañana después del servicio? Si revienta esta noche ya podemos despedirnos de ellas. Albert regresa.
— ¿Qué os parece? —pregunta. —Está listo —dice Müller, categórico. Volvemos hacia los barracones. Pienso en la carta que tendré que escribir a su madre. Tengo frío y quisiera beber una copita de aguardiente. Müller arranca briznas de hierba y se las pone en la boca. Súbitamente, el pequeño Kropp tira su cigarrillo y lo pisotea con furia, mira a su alrededor con el rostro desencajado y deshecho. Balbucea:
— ¡Qué mierda! ¡Qué maldita mierda!
Andamos todavía un buen rato. Kropp se ha calmado. Todos sabemos de qué va. Era una crisis del frente. Todos la hemos sufrido alguna vez.
Müller le pregunta: —A propósito. ¿Qué te decía Kantorek?
El otro estalla en carcajadas: —Decía que nosotros éramos la juventud de hierro. Reímos con rabia. Kropp se deshace en insultos; está contento de poder desahogarse. — ¡Esto, esto es lo que creen ellos, los millares de Kantoreks! Juventud de hierro. ¿Juventud? Ninguno de nosotros tiene más de veinte años, pero no somos jóvenes. Nuestra juventud... Estas cosas son ya agua pasada... Somos viejos, muy viejos nosotros.


Debemos vigilar nuestro pan. Las ratas se han multiplicado mucho en estos últimos tiempos, desde que las trincheras no están ya tan bien ordenadas. Detering pretende que esto es una señal inequívoca de que habrá jaleo.
Las ratas aquí resultan singularmente repugnantes porque son muy grandes. Son de las llamadas «ratas de cadáver». Tienen una cara abominable, maligna, completamente pelada, puede darte náusea sólo con ver sus largas colas desnudas.
Parece que están muy hambrientas. Han roído el pan a casi todos, Kropp ha envuelto el suyo con una lona y se lo ha puesto como almohada, pero no puede dormir porque las ratas le corren por el rostro para llegar hasta él. Detering pretendió ser más listo; ató un alambre al techo y colgó de él su paquete de pan. Cuando por la noche encendió su lámpara de bolsillo pudo darse cuenta de que el paquete oscilaba. Una rata enorme cabalgaba encima.
Tomamos finalmente una decisión. Recortamos con cuidado los trozos de pan que han sido roídos por las ratas; tirarlo todo no podemos hacerlo de ninguna manera porque sino no tendríamos nada que comer mañana.
Las rebanadas que hemos cortado se amontonan en el centro del refugio. Cada uno coge su pala dispuesto a pegar. Detering, Kropp y Kat preparan sus linternas. A los pocos instantes oímos ya mordiscos y tirones. Van en aumento, delatan un sinfín de minúsculas patitas. Entonces brillan repentinamente las lámparas y todos golpeamos a un tiempo sobre el negro montón movedizo que se deshace chillando. La cosa ha funcionado. Con la pala tiramos los pedazos de rata por encima del parapeto y nos preparamos de nuevo.
El truco tiene éxito algunas veces más. Después las ratas ya no vuelven, sin duda, porque han sospechado algo o porque huelen la sangre. Sin embargo, a la mañana siguiente nos damos cuenta de que ha desaparecido el pan que había quedado en el suelo. En el sector vecino, las ratas han atacado a dos grandes gatos y a un perro. Los han matado a mordiscos y se los han comido.

En este momento oímos detrás de nosotros unos silbidos que van creciendo hasta convertirse en un fragor de trueno. Nos hemos agachado; cien metros más allá se abre una nube de fuego.
Al cabo de unos segundos, una parte del bosque se eleva lentamente en el aire. Es un segundo obús que acaba de estallar y ha arrancado tres o cuatro árboles que vuelan, lentamente, por encima de lo demás, antes de romperse en pedazos y caer. Ya zumban como válvulas de caldera, los obuses que siguen... Fuego intenso.
— ¡Cubríos! —aúlla alguien—. ¡Cubríos!
Los prados son lisos, el bosque está demasiado lejos y es peligroso; no hay otro escondrijo que el cementerio, los túmulos y las tumbas. Nos abalanzamos hacia ellos, tropezando en la oscuridad, y cada uno de nosotros se lanza detrás de un montículo de tierra y se aplasta contra él como un escupitajo.
Justo a tiempo. La oscuridad enloquece, tiembla y se enfurece. Sombras más negras que la noche se lanzan con rabia sobre nosotros, nos pasan por encima con sus enormes jorobas. El fuego de las explosiones estremece de relámpagos el cementerio.
No hay escapatoria. Al resplandor de las granadas arriesgo una ojeada hacia los prados. Son como un mar tempestuoso, las llamas de los proyectiles brotan como surtidores. Es imposible pasar a través de ellos.
El bosque desaparece, queda destrozado, trinchado, hecho migas. Hemos de quedarnos aquí, en el cementerio. Delante de nosotros, la tierra revienta. Llueven terrones. Siento un golpe. La metralla se ha llevado una de mis mangas. Cierro el puño. No me duele. Esto, sin embargo, no me tranquiliza, las heridas no duelen hasta más tarde. Me palpo el brazo. Está arañado, pero entero. Recibo un golpe en la cabeza y voy a perder el conocimiento.
Un pensamiento me atraviesa como un rayo: «¡No te desmayes!» Me hundo en la oscuridad de un abismo, pero emerjo de nuevo enseguida. Un trozo de metralla ha tropezado contra mi casco, pero venía de tan lejos que no ha tenido fuerza para atravesarlo. Limpio
mis ojos de barro. Frente a mí se ha abierto un gran agujero; puedo distinguirlo borrosamente. No es frecuente que los obuses caigan en el mismo lugar. Por esta razón quiero meterme en él. Salto de mi escondite y quedo tendido boca abajo, como un pez.
Pero la cosa vuelve a empezar. Me encojo inmediatamente y tiento, con las manos, para encontrar un refugio. Toco algo a mi izquierda e intento apretarme a su lado, pero cede, gimo, la tierra se agrieta, la presión del aire me maltrata los oídos, me oculto bajo la cosa que no resiste, me cubro con ella, es madera, madera y ropa, un miserable cobertor contra la furia de la metralla.
Abro los ojos; mis dedos aprietan una manga, un brazo. ¿Un herido? Lo llamo... No responde. Un muerto. Mi mano palpa más allá, encuentra astillas de madera... ¡Ah, sí! Estamos en un cementerio. El fuego, no obstante, es más fuerte que cualquier otra consideración.
Apaga, adormece los reparos; me hundo todavía más abajo del ataúd; él me protegerá, aunque encierre en su interior la misma muerte. Delante de mí se abre el embudo. Lo acaricio con la mirada, habré de lanzarme hacia él de un salto. Me dan un golpe en la cara, una mano me agarra por la espalda. ¿Ha despertado el cadáver? La mano me sacude, me doy la vuelta y un momentáneo resplandor me permite ver el rostro de Katczinsky. Tiene la boca abierta, grita algo.
No oigo nada. Me sacude con fuerza, acercándose cada vez más. En un instante de menor ruido me llega su voz:
— ¡Gas! ¡Gaas! ¡Haz que corra!
Tomo la careta. Algo alejado de mí hay alguien tendido. Sólo pienso en una cosa: ha de saberlo.
— ¡Gaas! ¡Gaas!
Grito, me arrastro hacia él, le hago señales con la careta. No se da cuenta de nada. Empiezo de nuevo... Tan sólo se encoge asustado; es un recluta. Miro con desesperación a Kat. Ya lleva puesta la careta. De un golpe me saco el casco que rueda por el suelo y me pongo la mía. Me acerco al hombre, tomo su máscara y se la pongo sobre la cabeza; él la coge, lo dejo, y de un salto, me meto en el embudo.
La explosión sorda de las granadas de gas se mezcla con el estallido de los proyectiles. Una campana resuena entre el fragor del bombardeo; tambores, carracas metálicas, hacen correr la noticia:
¡Gas, gas, gas!
Algo cae a mi espalda, una, dos veces. Froto las ventanitas de la careta, empañadas por el aliento. Son Kat, Kropp y otro. Los cuatro nos estamos quietos, inmóviles, en una tensión angustiosa, atentos, sin respirar apenas.
Estos primeros minutos con la máscara deciden entre la vida y la muerte. ¿Estará bien  cerrada? Conozco las terribles imágenes del hospital; enfermos de gas que en un ahogo que dura días y días escupen, a pedazos, sus pulmones calcinados.
Con precaución, los dientes cerrados sobre la cápsula, respiro. El vaho ya se arrastra por el suelo y se insinúa en todos los agujeros.
Como una medusa, ancha y viscosa, se apodera de nuestro embudo, lo llena. Doy un empujón a Kat. Es preferible salir y tendernos arriba que no quedarnos en el agujero, donde el gas se acumula. Pero no podemos hacerlo. El fuego cae, de nuevo, como una granizada. Es algo más que el continuo estallido de los obuses, es como si la tierra aullase. Algo se nos viene encima haciendo un ruido seco. Cae cerca de nosotros; es un ataúd que debe haber sido lanzado al aire por una explosión.
Veo que Kat se mueve y me acerco. El ataúd ha caído sobre el brazo del cuarto soldado que estaba con nosotros en el embudo. El hombre intenta, con la otra mano, quitarse la careta. Kropp le detiene a tiempo, le dobla el brazo y le sostiene fuertemente la muñeca contra la espalda. Kat y yo nos disponemos a liberarle el brazo herido. La tapa del ataúd está floja y partida. La arrancamos con facilidad y sacamos el cadáver, que cae resbalando como un saco. Después probamos de levantar el ataúd.
Afortunadamente, el hombre ha perdido el conocimiento y Albert puede ayudarnos. Ahora ya no es necesario que vayamos con tanto cuidado, pero nos apresuramos tanto como nos es posible hasta que el ataúd, con un crujido, cede bajo la acción en palanca de nuestras palas.
Ha aclarado un poco. Kat coge un trozo de madera de la tapa, la pone bajo el brazo roto y lo aseguramos con las vendas de nuestras curas individuales. Es todo lo que podemos hacer, de momento. La cabeza me hierve y me palpita en el interior de la careta; parece a punto de estallar. Los pulmones están congestionados. Para respirar sólo disponen siempre del mismo aliento viciado. Se me hinchan las venas de las sienes. Parece que vaya a ahogarme.
Una luz grisácea llega hasta nosotros. Arriba el viento barre el cementerio. Subo hasta el borde del embudo. Al resplandor turbio de la alborada veo una pierna seccionada, la bota está intacta. La distingo claramente por un instante.
Ahora alguien se levanta unos metros más allá. Froto las ventanitas que vuelven a empañarse enseguida por el jadeo a que me fuerza la tensión; miro fijamente... El hombre ya no lleva careta.
Espero unos segundos —no cae, mira a su alrededor buscando alguna cosa, da unos pasos—, el viento ha limpiado de gas el cementerio, el aire está libre. Entonces yo también, jadeando, me arranco la máscara y caigo al suelo. El aire me penetra como si fuera agua helada, los ojos quieren abandonar sus órbitas, me inunda la frescura de la ola y pierdo el sentido.
El bombardeo ha cesado. Me asomo al embudo y hago señas a los demás. Suben y se quitan la máscara. Cogemos en brazos al herido, uno de nosotros le sostiene el brazo maltrecho. Nos alejamos así, deprisa, tropezando por el camino.
El cementerio es una ruina. Ataúdes y cadáveres están diseminados por todas partes. Es como si hubieran muerto de nuevo; pero cada uno de ellos, al ser destrozado, ha salvado la vida de uno de los nuestros. La puerta ha sido destruida; los raíles del tren de campaña que pasa por los alrededores están arrancados y se levantan, curvados, hacia el cielo. Delante de nosotros hay alguien tendido. Nos detenemos; sólo Kropp sigue adelante llevando al herido.
El que está en el suelo es un recluta. Tiene una nalga llena de sangre; está tan abatido que saco mi cantimplora llena de té con ron.
Kat me detiene y se inclina sobre él:
— ¿Dónde te han dado, compañero?
Mueve los ojos; está demasiado débil para responder.
Le cortamos con precaución los pantalones. Gime.
—Tranquilo, tranquilo. Esto te aliviará.
Si tiene una bala en el vientre no puede beber. No ha vomitado, buena señal. Desnudamos su nalga. Es un montón de carne picada con astillas de hueso. Le han destrozado la articulación. Este muchacho no caminará jamás.
Le froto las sienes con los dedos húmedos y luego le doy un buen trago de mi cantimplora. Los ojos se le animan. Hasta ahora no nos hemos dado cuenta de que también sangra por el brazo derecho.
Kat deshace unos paquetes de vendas y las coloca, tan extendidas como puede, para poder cubrir la herida. Busco un pedazo de ropa para envolverlo, no lo encuentro y corto un poco más sus pantalones para poder hacer una venda con un trozo de sus calzoncillos; pero no lleva. Entonces me fijo en su cara: es el mismo muchacho de antes, el del pelo color lino.
Entretanto, Kat ha encontrado un pequeño paquete de vendas en el bolsillo de un cadáver; las aplicamos con cuidado en la herida.
Digo al joven, que nos mira atentamente:
—Vamos a buscar una camilla.
Abre la boca y suspira:
—No se muevan de aquí.
Kat dice:
—Volvemos enseguida. Vamos a buscar una camilla para poder llevarte.
No sabemos si nos ha comprendido. Lloriquea como un niño a
nuestras espaldas:
—No se marchen.
Kat se da la vuelta y susurra:
— ¿No sería mejor, simplemente, agarrar un revólver y que esto terminara?
Este muchacho apenas si resistirá el transporte y, con mucha suerte, podrá vivir algunos días. Lo que ha sufrido hasta ahora no es nada comparado con lo que pasará hasta morir. Por el momento está aturdido y no siente nada. Dentro de una hora será un haz aullador
de insoportables dolores. Los días que le quedan de vida significan para él una tortura rabiosa e ininterrumpida. ¿A quién puede aprovechar que él viva estos pocos días?
—Sí, Kat; deberíamos coger el revólver.
—Dámelo —dice, y se detiene.
Está decidido, me doy cuenta. Miramos a nuestro alrededor, pero ya no estamos solos. Delante mismo de nosotros se va formando un grupo, de embudos y agujeros surgiendo cabezas de soldados.
—Vamos a buscar una camilla.
Kat mueve la cabeza.
—Unos muchachos tan jóvenes...
Y repite:
—Unos muchachos tan jóvenes, tan inocentes...

martes, 10 de enero de 2017

EGIPTO Y MESOPOTAMIA



Agricultura de regadío y transformación urbana



CONCEPTO
A comienzos del tercer milenio a.C, aproximadamente, se produjo en los grandes valles de los ríos subtropicales, Nilo, Tigris y Eufrates e Indo, la transformación de las pequeñas aldeas autosuficientes del neolítico en ciudades populosas con numerosa población diferenciada desde el punto de vista de las ocupaciones, con una organización propia de un estado y en posesión del conocimiento de la escritura. En esta transformación encuentran los historiadores los comienzos de la civilización.
La aparición de la vida urbana representa el pasaje a un modo de vida completamente diferente, caracterizado por una nueva forma de cooperación social que dio lugar a una difusión de conocimientos y a un proceso continuo de creación de riqueza.
En la ciudad serán posibles la movilización de la mano de obra en gran escala, el control de los transportes de largos recorridos, la intensificación de las comunicaciones, el desarrollo del espíritu inventivo y un aumento de la producción agrícola. Precisamente, el desarrollo de una población no agrícola aumentó la demanda de alimentos y contribuyó así a multiplicar las aldeas y a que se ganaran nuevas tierras para los cultivos. Por otra parte, la vida urbana no excluyó la práctica de la agricultura: en Sumer por ejemplo, siguió siendo practicada dentro de las murallas de la ciudad.

CAUSAS
La base de esta transformación estuvo en la capacidad de producir riquezas, o sea, en la posibilidad de aumentar el excedente económico. Este puede ser definido como la riqueza que un pueblo posee por encima de la cantidad necesaria para la subsistencia de sus miembros. La existencia del excedente se pone de manifiesto cuando una parte del pueblo puede consagrarse a actividades distintas a la obtención de la propia subsistencia. Ese aumento que fue el resultado de una combinación de factores culturales y ambientales, produjo a su vez incrementos cada vez mayores, estimulando a los habitantes de los valles a trabajar y trazar planes para producir más. Los motores de ese movimiento de aceleración que condujo a la formación de las ciudades fueron una serie de innovaciones técnicas acumuladas que ampliaron progresivamente la eficacia productiva del trabajo humano y modificaron las relaciones de producción entre los hombres y las formas de distribución de los productos del trabajo.

La agricultura de riego. La obtención del excedente económico se hizo posible cuando los adelantos del neolítico, agricultura y domesticación de animales, se introdujeron en las grandes llanuras de los ríos subtropicales. Las dos regiones donde se daban mejor las condiciones para el surgimiento de la civilización fueron Egipto y Mesopotamia. Los dos eran valles de vasta extensión con tierra aluvial, que es un suelo de prodigiosa riqueza; en ambos un gran río corre por el centro del valle llevando el agua que es esencial, inundándolo y dejando un sedimento que enriquece el suelo y con un caudal al que se puede recurrir por medio de canales para asegurar la fertilidad durante todo el año. Ambos son territorios desprovistos de las materias primas fun­damentales: piedra, metal y madera.
Cuando aumentó la población fue necesario abrir canales que permitieran llevar agua a las tierras más lejanas al río, donde no llegaba la inundación.
Todo esto suponía una gran cantidad de trabajo manual y una organización compleja ya que requería el esfuerzo de gran número de hombres y exigía la centralización de la dirección en mucha mayor extensión que la de una aldea; se necesitaba una autoridad que impusiera y dirigiera el trabajo. La transformación de la aldea en ciudad no implicó así solamente un cambio de tamaño sino también un nuevo tipo de organización.
La ejecución de estas empresas colectivas (construcción y reparación de los canales) exigió cierto capital en forma de excedentes acumulados, ya que los hombres empleados en la construcción de canales y diques tenían que alimentarse y mientras realizaban esos trabajos no podían producir directamente los alimentos que necesitaban consumir; por eso la acumulación previa de excedentes fue un requisito importante para la aparición de la ciudad.
Fluctuaciones del Río Nilo a lo largo del año. Al retirarse el agua deja el limo (barro con nutrientes) que permite el cultivo todos los años con un gran rendimiento
La presencia de una extensión considerable de suelo rico que pudiera ser trabajado fácilmente fue así el requisito previo para la civilización ya que el hombre pudo verse libre de la necesidad de dedicar todas sus energías y su pensamiento al problema de la supervivencia y capacitarse para procurarse de los demás, por medio del trueque, los objetos que no fabricaba. Además sólo en regiones con suelo y clima favorables y con extensión suficiente se puede mantener una población lo bastante numerosa para que estimule la especialización en las ocupaciones y el desarrollo social.
El progreso técnico. El aumento del excedente económico se hizo posible también por una serie de rápidos progresos técnicos que se produjeron en el período comprendido entre los milenios V y III a.C. El hombre aprendió los procesos necesarios para trabajar los minerales de cobre y las propiedades de los metales, inventó el arado, aprovechó la fuerza del animal y del viento y empezó a elaborar un calendario.
• La metalurgia. Es probablemente el más importante de estos descubrimientos. El conocimiento de los metales y de los métodos para trabajarlos fue consecuencia de las industrias de la alfarería y el tallado de la piedra. Con el uso de la piedra el hombre se familiarizó con varios materiales y al fabricar utensilios de cerámica aprendió los efectos que producía la aplicación del calor. Al comienzo, el cobre, primer metal que se empleó, era trabajado martillándolo en frío, pero más adelante se aprendió el procedimiento del fundido y el colado. En el tercer milenio a.C. se usaba ya el método de la cera perdida y se aprendió a fabricar el bronce (aleación de once partes de cobre por una de estaño). La metalurgia asociaba así cuatro conocimientos nuevos: la maleabi­lidad del cobre, la posibilidad de fundirlo fácilmente, el medio de extraer el metal de los minerales y las aleaciones. Por eso es muy dudoso que se haya practicado alguna vez como industria doméstica en los intervalos dejados por el trabajo agrícola. El hecho de que entre los pueblos primitivos del SXX los forjadores sean especialistas contribuiría a demostrar que el trabajo de los metales ha sido siempre una labor que ocupó todo el tiempo de quien la realizaba.
• Nuevas técnicas agrícolas. La producción de riquezas se hizo posible también por otras mejoras en el campo de la agricultura, como el aprovechamiento de la fuerza animal que permitió aliviar al hombre de una de las formas más brutales del  trabajo físico. Los agricultores encontraron en el ganado que ya habían domesticado la fuerza motriz necesaria. Probablemente, el toro haya sido el primer animal que se puso a tirar de un carro o un arado. Precisamente, éste fue otra de las invenciones funda­mentales. Con dos bueyes y un arado, un hombre podía cultivar en un día una superficie mucho mayor que la que podía cultivar una mujer con la azada. Así la parcela dio lugar al campo, lo que se tradujo en mayores cultivos, más alimentos y permitió el creci­miento de la población. El hombre sustituyó a la mujer en la función principal de la agricultura y ésta fue así liberada de un trabajo muy pesado, pero perdió el monopolio de la producción de los cereales y por consiguiente el lugar que ocupaba en la sociedad.
Los transportes. El desarrollo de la metalurgia y el comercio consiguiente requirieron mejores transportes. Estos fueron mejo­rados con la invención de la rueda.
La rueda no sólo revolucionó los transportes sino que también fue aplicada a la industria hacia el año 3500 a.C. con la invención del torno del alfarero. Esto significó otro paso en la especialización del trabajo ya que los alfareros son ahora especialistas que cambian sus productos por el excedente económico producido por los demás.
La introducción de carros con ruedas tirados por bueyes u otros animales, aceleró las comunicaciones y simplificó el comer­cio, aunque el transporte de mercaderías continuó haciéndose también a lomo de burro.
Paralelamente se desarrolló la navegación a vela dado que el hombre aprendió a utilizar la fuerza del viento. La vía fluvial fue el primer medio eficaz de transporte en masa. Precisamente, las ciudades surgieron en los valles fluviales en el mismo momento en que se iniciaba la navegación.
El desarrollo de estos medios de transporte dio a la ciudad el mando sobre hombres y regiones lejanas y permitió intercambiar los excedentes y tener acceso a las especialidades distantes. Apareció así una institución urbana: el mercado.
El comercio internacional acicateado por las necesidades de metales y madera de Egipto y Mesopotamia, floreció y puso en contacto a países que hasta entonces no se habían conocido.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

La Revolución Artiguista. Contenidos fundamentales.

La Revolución Artiguista




Un proceso regional

“Nuestra” revolución es parte del proceso iniciado en Buenos Aires, en mayo de 1810, si bien en la Banda Oriental se inicia con el “Grito de Asencio” en febrero de 1811. Nuestro “retraso” se explica por el fracaso de sumar a la ciudad de Montevideo, (la más importante base naval en el sur atlántico de las colonias españolas), por parte de quienes querían adherir a la Junta bonaerense. A partir de allí el centro de gravedad de una posible insurrección debe pasar a la campaña, porque también es allí donde la base social, política y militar española es escasa y las tensiones contra la Corona mayores.
En palabras de la historiadora Ana Frega, el inicio de la revolución que reconoce el artiguismo es mayo de 1810, “celebrándose como fiesta cívica en la Provincia Oriental aún en lo peores momentos de lucha contra los portugueses, como por ejemplo en mayo de 1819 en Maldonado.
Por eso  una de las preocupaciones de la Junta de Buenos Aires, era lograr la adhesión del resto del virreinato mediante distintos mecanismos, en el caso de la Banda Oriental una vez fracasada la adhesión de Montevideo la forma es el fomento del levantamiento de la campaña, donde una parte importe dependía jurídicamente de Buenos Aires. El “Grito de Asencio” (actual departamento de Soriano) en febrero de 1811, se da en jurisdicción de esa ciudad. Es la Revolución del Río de la Plata la que genera distintas corrientes dentro de ella, una de las cuales es la que encabeza José Artigas, de construcción de un Estado de características diferentes a las que propone Buenos Aires”.
La Revolución comienza contra la oligarquía española poseedora de los principales medios de producción y distribución (saladeros, barracas exportadoras, estancias ganaderas, comercio monopólico, tráfico de esclavos, etc.), encumbrada en los organismos de gobierno colonial y detentadora del status social privilegiado.
Contra esa oligarquía es que se levantan la mayoría de los medianos y pequeños hacendados, junto a algunos grandes estancieros, comerciantes de los pueblos, agricultores, paisanos sin tierras, curas pueblerinos, gauchos, esclavos fugitivos y ciertas poblaciones indígenas. Van a estar encabezados desde el punto de vista  político – militar por oficiales del cuerpo de Blandengues y caudillos locales. Es al frente de este gran arco social, al que se suman los grupos juntistas derrotados en Montevideo, que se pone José Artigas, primero como representante de la Junta de Buenos Aires y luego como “Jefe de los Orientales”.
Pero también están presentes, aunque subordinadas, las contradicciones de este heterogéneo conjunto social. Por ejemplo, dentro de la clase de hacendados chocaban el gran propietario con los numerosos ocupantes de sus campos, el grande o mediano poseedor con el resto de los ocupantes, que con o sin títulos, en mayor o menor cantidad, detentaban los campos.

El Federalismo y la soberanía particular de los pueblos

En el Congreso de Tres Cruces, convocado en abril de 1813 para elegir los diputados para la Asamblea Constituyente reunida en Buenos Aires (que iba a redactar una Constitución para establecer cómo iba a ser el nuevo gobierno), los orientales fijaron las bases del proyecto alternativo. Se declaraba la independencia de España y de la familia de los Borbones; se proclamaba la forma republicana de gobierno; y se establecía que las provincias debían ligarse por alianzas ofensivo-defensivas, preservando cada una de ellas “todo poder, jurisdicción y derecho” que no hubieran delegado expresamente a las Provincias Unidas (territorio del antiguo virreinato del Río de la Plata). De allí que pudieran tener su propia constitución y gobierno, levantar su propio ejército, legislar sobre aspectos económicos y comerciar libremente, rompiendo el monopolio portuario de Buenos Aires. El objetivo de la revolución era la soberanía particular de los pueblos. Luchaban para destruir la tiranía en América, y no permitirían que el dominio español fuera sustituido por ningún otro, aludiendo al gobierno de Buenos Aires. Se expresaban así las discrepancias que habían comenzado en octubre de 1811 cuando Buenos Aires firmara un armisticio con Montevideo, que devolvió la Banda Oriental al dominio español y obligó a muchos orientales a abandonar el territorio.
El artiguismo reconocía el derecho de los pueblos a constituirse en provincias y proclamaba que la unión, para ser firme y duradera, debía edificarse a partir del reconocimiento de las soberanías particulares. Estos planteos encontraron eco en otras provincias, y el artiguismo extendió su influencia a la margen occidental del Uruguay: Entre Ríos y Corrientes en 1814 y Santa Fe, Córdoba y Misiones en 1815.

Reforma Agraria

El proyecto artiguista fue profundizándose en la interacción del caudillo con las masas. José Pedro Barrán sostuvo que éste fue el “conductor y el conducido…no el pastor de un rebaño, pues el protagonismo en ocasiones esenciales, en giros decisivos de la revolución, fue asumido directamente por la sociedad oriental, y desde 1815, por su sector mayoritario, las `clases bajas”.
El “Reglamento Provisorio para Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados” es un ejemplo de esa relación con quienes lo sostendrán hasta el final, “las clases bajas”. No era una declaración doctrinaria de buenas intenciones, sino un plan de acción que consolidara la base social de la revolución, levantara la producción pecuaria para enfrentar los destrozos de cuatro años de guerra mediante el fomento del rodeo y no la simple matanza del ganado para obtener el cuero, persiguiera policialmente el abigeato y la arriada de ganado a Brasil, asentara a miles de paisanos dando satisfacción a la demanda de tierras, y atendiera la justicia social, para que “los más infelices fueran los más privilegiados”.
Se establecen condiciones claras para cumplir una vez que le fuera concedida la suerte de estancia de legua y media de frente y dos de fondo al donatario, para que en un plazo de dos meses construyera rancho y dos corrales, extensible por un mes más, bajo apercibimiento de perder la donación en caso contrario. Y se prohíbe enajenar, vender la suerte de estancia o contraer deudas sobre ella, como forma de evitar que se repita el proceso de concentración latifundista, hasta que la Provincia pueda darse un ordenamiento final.
Como era un instrumento revolucionario concreto el Reglamento establece que la tierra a repartir será la de los malos europeos y peores americanos, es decir los enemigos de la Revolución, dado que debe velar por mantener en el bando patriota a los grandes hacendados que lo integraban. A la vez que entrega la aplicación del reparto al Cabildo de Montevideo (en la figura del Alcalde Provincial y de tres sub-tenientes designados por él), donde predominan los intereses de aquellos, sumado a las medidas de contención policial contra los vagabundos, malhechores y desertores.
Los grandes hacendados, saladeristas y comerciantes intentarán retrasar y desfigurar la aplicación y sentido del Reglamento. Esto genera que en las zonas donde la confrontación por la tierra es más aguda se produzcan repartos de hecho por varios oficiales artiguistas esperando la confirmación formal, confrontando con los grandes hacendados y sus representantes políticos.

Encarnación Benítez
El Cabildo Gobernador de Montevideo se convierte en la punta de lanza contra el reparto de tierras. Por ejemplo, solicitando a Artigas que intervenga para detener a Encarnación Benítez, jefe artiguista iletrado y “pardo”, al que se lo acusa de que, al mando de 5 partidas (compuestas por supuestos vagos o desertores), “atraviesa los campos, destroza las haciendas, desola las poblaciones, aterra al vecino, y distribuye ganados a su arbitrio”.
Encarnación, en oficio a Artigas, acusa a los “Bellacones” de insultar impunemente a quienes pusieron “el pecho a las balas” mientras éstos estaban entregados a sus intereses personales, a la vez que advierte que el clamor general es “nosotros hemos defendido la Patria y las haciendas de la campaña, hemos perdido cuanto teníamos, hemos expuesto nuestras vidas por la estabilidad y permanencia de las cosas,… (Pero)…son ellos los que ganan y nosotros los que perdemos. Lo cual puede dar “margen a otra revolución peor que la primera”.
Artigas, ante esta situación, contesta al Cabildo respaldando a Encarnación,  restándole crédito a las “denuncias” del mismo, porque el segundo no tiene más que “12 hombres, como podrá formar esas cinco Partidas q. e inundando los campos hagan en ellos estragos indecibles. (…) Acaso hablando en la presencia  de Vuestra Señoría, como en la mía, no lo hallaría tan digno de Vituperio”. A la vez, a dos meses de dictado el Reglamento Provisorio, le recrimina al Cabildo que si el tema de Benítez es el motivo de los retrasos en su aplicación se lo “reduzca” a las funciones militares y salga de una vez el Señor Alcalde Provincial a “llenar su comisión”, de forma de lograr que  “sin tanto estrépito (se recojan) frutos saludables”.
Conciente de que la aplicación del Reglamento era la única forma de parar con la explotación anárquica del recurso económico más importante de la Provincia Oriental, el vacuno, ya que “cada Paysano y los mismos Vecino no hacen mas que destrosar: que poco zelosos del bien publico no tratan Sino de su Subsistencia personal, y aprovechandose del poco zelo dela campaña destrosan á Su Satisfacción”, conmina al Cabildo a que “ponga en planta el proyecto (el Reglamento), y dando al S.or Alcalde Provincial la Partida de 16 ó 18 hombres que me pide con fecha quatro del Corriente Salga inmediatamente á Correr Su jurisdicción”.

Artigas es peligroso

Artigas ha pasado a ser peligroso para los poderosos del bando patriota. Para ellos la Revolución había concluido, y las masas debían asumir su papel subordinado, en el marco de las estructuras del latifundio, el saladero, y la exportación de cueros y tasajo como base material de su dominio, así como la exclusión en la política y en la dirección del territorio.
Buena parte del paisanaje, de los pequeños y medianos hacendados, de los ocupantes de tierras habían demostrado su intención de hacer realidad los ideales igualitarios que la Revolución había despertado o promovido, tanto políticos como económicos. Y el caudillo se puso al frente de ellos.
Una vez comenzada la invasión portuguesa  las clases acomodadas vieron al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves como la única opción de orden social y respeto a la propiedad. Mientras que para el Directorio de Buenos Aires era imperativo terminar con la influencia federal artiguista, cuestionadora de su política de subordinación a los intereses de la oligarquía residente en dicha ciudad.
Al momento de conocerse la proximidad del ejército comandado por Carlos Federico Lecor, en 1817, el Cabildo de Montevideo resuelve solicitar “la protección de las armas de Su Majestad Fidelísima”, y envía a una delegación para ofrecer la entrega de la ciudad. La que estaba integrada por Francisco Javier de Viana, Agustín Viana (ambos latifundistas) y Dámaso Antonio Larrañaga.
El 20 de enero Lecor entraba en Montevideo. Jerónimo Pío Bianqui, miembro del Cabildo, le expresaba: “El Exmo. Cabildo de esta ciudad, por medio de su Síndico Procurador General, hace entrega de las llaves de esta plaza a S.M. Fidelísima – que Dios la guarde -  depositándola con satisfacción y placer en manos de V.E.”.
El general portugués mandó izar la bandera del Reino en todos los edificios públicos, en “medio de salvas y repiques de campanas, mientras a su paso rivalizaban las señoras de las familias de ‘gente principal’ en el aplauso y el arrojar de ramilletes de flores…”.
Luego vino un largo rosario de defecciones de varios jefes artiguistas. Rivera, a pesar de que muchas veces es el más conocido de estas deserciones, es el último gran jefe militar que acepta pasarse al bando portugués en 1820, aunque es el golpe de gracia a los intereses artiguistas, que siendo fuertes en el litoral del río Uruguay habían ido allí a buscar rearmar las fuerzas
Manuel Oribe, al separarse de Artigas en 1817, sostuvo que no quería “servir a las órdenes de un tirano que, vencedor, reduciría el país a la más feroz barbarie y, vencido, lo abandonaría al extranjero”. Juan Antonio Lavalleja escribió a Carlos María de Alvear el 18 de julio de 1826: “El General que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón (con Artigas) que le degrada…”. Y Rivera, dirá a Francisco Ramírez en junio de 1820: “…para que el restablecimiento del comercio tan deseado, no sea turbado en lo sucesivo, es necesario disolver las fuerzas del general Artigas, principio de donde emanarán los bienes generales y particulares de todas las provincias, al mismo tiempo que será salvada la humanidad de su más sanguinario perseguidor. Los monumentos de su ferocidad existen en todo este territorio…”.
Los paisanos pobres, los donatarios artiguistas, los indios, seguían viendo a Artigas como el único factor de “igualdad”, de acceso a la tierra, de dignidad en una sociedad tan jerarquizada. No lo demostraron con proclamas, sino apegándose a la resistencia de la montonera contra un ejército de línea, con una oficialidad formada en las guerras europeas y una cruda superioridad de armamentos.

Es en ellos que el caudillo va a encontrar “más resignación, más constancia y consecuencia” en la defensa de la revolución.

jueves, 20 de octubre de 2016

Constitución de la República Oriental del Uruguay. Derechos, Deberes y Garantías.

CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA

CONSTITUCIÓN 1967 CON LAS MODIFICACIONES PLEBISCITADAS EL 26 DE NOVIEMBRE DE 1989, 
EL 26 DE NOVIEMBRE DE 1994, EL 8 DE DICIEMBRE DE 1996 Y EL 31 DE OCTUBRE DE 2004



SECCION II

DERECHOS, DEBERES Y GARANTIAS

CAPITULO I

Artículo 7º.- Los habitantes de la República tienen derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. Nadie puede ser privado de estos derechos sino conforme a las leyes que se establecen por razones de interés general.
Artículo 8º.- Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.
Artículo 9º.- Se prohíbe la fundación de mayorazgos. Ninguna autoridad de la República podrá conceder título alguno de nobleza, ni honores o distinciones hereditarias.
Artículo 10.- Las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.
Ningún habitante de la República será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.
Artículo 11.- El hogar es un sagrado inviolable. De noche nadie podrá entrar en él sin consentimiento de su jefe, y de día, sólo de orden expresa de Juez competente, por escrito y en los casos determinados por la ley.
Artículo 12.- Nadie puede ser penado ni confinado sin forma de proceso y sentencia legal.
Artículo 13.- La ley ordinaria podrá establecer el juicio por jurados en las causas criminales.
Artículo 14.- No podrá imponerse la pena de confiscación de bienes por razones de carácter político.
Artículo 15.- Nadie puede ser preso sino infraganti delito o habiendo semiplena prueba de él, por orden escrita de Juez competente.
Artículo 16.- En cualquiera de los casos del artículo anterior, el Juez, bajo la más seria responsabilidad, tomará al arrestado su declaración dentro de veinticuatro horas, y dentro de cuarenta y ocho, lo más, empezará el sumario. La declaración del acusado deberá ser tomada en presencia de su defensor. Este tendrá también el derecho de asistir a todas las diligencias sumariales.
Artículo 17.- En caso de prisión indebida el interesado o cualquier persona podrá interponer ante el Juez competente el recurso de "habeas corpus", a fin de que la autoridad aprehensora explique y justifique de inmediato el motivo legal de la aprehensión, estándose a lo que decida el Juez indicado.
Artículo 18.- Las leyes fijarán el orden y las formalidades de los juicios.
Artículo 19.- Quedan prohibidos los juicios por comisión.
Artículo 20.- Quedan abolidos los juramentos de los acusados en sus declaraciones o confesiones, sobre hecho propio; y prohibido el que sean tratados en ellas como reos.
Artículo 21.- Queda igualmente vedado el juicio criminal en rebeldía. La ley proveerá lo conveniente a este respecto.
Artículo 22.- Todo juicio criminal empezará por acusación de parte o del acusador público, quedando abolidas las pesquisas secretas.
Artículo 23.- Todos los Jueces son responsables ante la ley, de la más pequeña agresión contra los derechos de las personas, así como por separarse del orden de proceder que en ella se establezca.
Artículo 24.- El Estado, los Gobiernos Departamentales, los Entes Autónomos, los Servicios Descentralizados y, en general, todo órgano del Estado, serán civilmente responsables del daño causado a terceros, en la ejecución de los servicios públicos, confiados a su gestión o dirección.
Artículo 25.- Cuando el daño haya sido causado por sus funcionarios, en el ejercicio de sus funciones o en ocasión de ese ejercicio, en caso de haber obrado con culpa grave o dolo, el órgano público correspondiente podrá repetir contra ellos, lo que hubiere pagado en reparación.
Artículo 26.- A nadie se le aplicará la pena de muerte.
En ningún caso se permitirá que las cárceles sirvan para mortificar, y sí sólo para asegurar a los procesados y penados, persiguiendo su reeducación, la aptitud para el trabajo y la profilaxis del delito.
Artículo 27.- En cualquier estado de una causa criminal de que no haya de resultar pena de penitenciaría, los Jueces podrán poner al acusado en libertad, dando fianza según la ley.
Artículo 28.- Los papeles de los particulares y su correspondencia epistolar, telegráfica o de cualquier otra especie, son inviolables, y nunca podrá hacerse su registro, examen o interceptación sino conforme a las leyes que se establecieren por razones de interés general.
Artículo 29.- Es enteramente libre en toda materia la comunicación de pensamientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o emisor, con arreglo a la ley por los abusos que cometieren.
Artículo 30.- Todo habitante tiene derecho de petición para ante todas y cualesquiera autoridades de la República.
Artículo 31.- La seguridad individual no podrá suspenderse sino con la anuencia de la Asamblea General, o estando ésta disuelta o en receso, de la Comisión Permanente, y en el caso extraordinario de traición o conspiración contra la patria; y entonces sólo para la aprehensión de los delincuentes, sin perjuicio de lo dispuesto en el inciso 17 del artículo 168.
Artículo 32.- La propiedad es un derecho inviolable, pero sujeto a lo que dispongan las leyes que se establecieren por razones de interés general. Nadie podrá ser privado de su derecho de propiedad sino en los casos de necesidad o utilidad públicas establecidos por una ley y recibiendo siempre del Tesoro Nacional una justa y previa compensación. Cuando se declare la expropiación por causa de necesidad o utilidad públicas, se indemnizará a los propietarios por los daños y perjuicios que sufrieren en razón de la duración del procedimiento expropiatorio, se consume o no la expropiación; incluso los que deriven de las variaciones en el valor de la moneda.
Artículo 33.- El trabajo intelectual, el derecho del autor, del inventor o del artista, serán reconocidos y protegidos por la ley.
Artículo 34.- Toda la riqueza artística o histórica del país, sea quien fuere su dueño, constituye el tesoro cultural de la Nación; estará bajo la salvaguardia del Estado y la ley establecerá lo que estime oportuno para su defensa.
Artículo 35.- Nadie será obligado a prestar auxilios, sean de la clase que fueren, para los ejércitos, ni a franquear su casa para alojamiento de militares, sino de orden del magistrado civil según la ley, y recibirá de la República la indemnización del perjuicio que en tales casos se le infiera.
Artículo 36.- Toda persona puede dedicarse al trabajo, cultivo, industria, comercio, profesión o cualquier otra actividad lícita, salvo las limitaciones de interés general que establezcan las leyes.
Artículo 37.- Es libre la entrada de toda persona en el territorio de la República, su permanencia en él y su salida con sus bienes, observando las leyes y salvo perjuicios de terceros.
La inmigración deberá ser reglamentada por la ley, pero en ningún caso el inmigrante adolecerá de defectos físicos, mentales o morales que puedan perjudicar a la sociedad.
Artículo 38.- Queda garantido el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no podrá ser desconocido por ninguna autoridad de la República sino en virtud de una ley, y solamente en cuanto se oponga a la salud, la seguridad y el orden públicos.
Artículo 39.- Todas las personas tienen el derecho de asociarse, cualquiera sea el objeto que persigan, siempre que no constituyan una asociación ilícita declarada por la ley.